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Y atiendan la relación
que hace un gaucho perseguido,
que padre y marido ha sido
empeñoso y diligente,
y sin embargo la gente
lo tiene por un bandido.
¡Qué poco necesitamos los hombres para pensar mal unos de otros! MartÃn Fierro nos lo dice a la vez como una queja y como un reproche. Queja del alma que siente hasta lo más hondo la herida de la incomprensión; reproche de la verdad que vuelve por la pureza de su honor. Dolido y a la vez celoso de su nombre MartÃn Fierro pide, como que tiene derecho, que escuchen de su boca la verdad que el chisme y la calumnia han deformado.
MartÃn Fierro se retrata con dos únicos rasgos: padre y marido. ¿Por qué estos rasgos y no otros? ¿por qué padre y marido, empeñoso y diligente, y no peón, honesto y trabajador, o compañero sincero y leal, o ciudadano pacÃfico y sociable, o soldado valiente y subordinado? ¿por qué justamente padre y marido?
Tal vez porque MartÃn Fierro ha calado como por instinto en lo mas grande que un hombre puede llegar a ser. Quizás porque es la cosa más común nunca pensamos en ella, pero ¿hay en la vida cosa mas grande que ser esposo y padre?
En la historia que escriben los hombres pesan mucho las grandes victorias de la espada o de la astucia, las obras maestras de las artes y los descubrimientos de la ciencia. Sin embargo nada en el mundo es comparable a la grandeza sencilla y a la vez sublime de la paternidad y del amor. Porque el amor y la paternidad son lo mas parecido a Dios que hay en el mundo.
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