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Argentina, 10 de Junio del 2015  

"El zorro de la monta√Īa sanjuanina" 
Un italiano de 65 aŮos llegů a nuestro paŪs y se sumergiů en los secretos guardados en la cordillera.
Tiempo de lectura: | 589 lecturas.
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"Los hombres se sienten indefensos, desnudos, solos. El fr√≠o traspasa las ropas y la carne hasta exportar toda mol√©cula de calor vital; ver y respirar ya son problemas serios; las manos agarrotadas se vuelven insensibles, duras como tablas; lagrimean los ojos; las l√°grimas congeladas se vuelven pelotitas que se adhieren a las pesta√Īas; el aliento se torna escarcha entre la trama del pasamonta√Īas... Por √ļltimo, un sue√Īo infinito, un cansancio sin l√≠mites se apodera de quien arrastra esos peligros, y s√≥lo un supremo esfuerzo de voluntad consigue mantener vivo en el pecho el esp√≠ritu interior de lucha."

Antonio Beorchia Nigris tiene 65 a√Īos y una barba escarchada por el tiempo o, quiz√°s, por la monta√Īa. Relata maravillosamente sus experiencias, all√°, en las cumbres sanjuaninas. Esos picos que alcanz√≥ una y otra vez desde hace 44 a√Īos y en los que calcula haber permanecido ocho a√Īos de su vida.

Nacido en Ampezzo, Italia, llegó a San Juan en 1954 para no irse nunca más, sólo para desaparecer por meses entre los portezuelos, quebradas y alturas de una cordillera que conoce y cuenta como pocos.

Algunos lo definen como un incansable caminante más que un aventurero, o como un gaucho observador más que un científico. Parecería serlo todo: investigador, explorador, espectador, cronista y, fundamentalmente, el actor protagónico que se ubica en ese majestuoso escenario de los Andes.

Caminar sobre las piedras

Cuando baja a la ciudad todos lo llaman Gringo, pero cuando comienza a trepar la roca, a caminar sobre las piedras, a desandar angostos y precipitados senderos, a cruzar desiertos y a dejar sus huellas sobre la nieve, se convierte en un "zorro de la cordillera".

La que admira y respeta, la que le dej√≥ vivencias que durante 20 a√Īos volc√≥ en el Diario de Cuyo, la que le ense√Ī√≥ su fauna y su intrincada geograf√≠a. La que le present√≥ a otros hombres, de esos que no bajan nunca al pueblo y parecer√≠an vivir en un mundo de otro siglo.

La que lo impact√≥ como para describir aquel fr√≠o o recrear la muerte de Humberto Leonardo Vega, el √ļltimo de los cuatro arrieros que, en 1983, se qued√≥ para siempre en la monta√Īa: "Humberto se sinti√≥ presa de un agradable sopor que le invad√≠a poco a poco los miembros ateridos. S√≥lo unos minutos. El leve vapor del aliento que escapaba a trav√©s de los pliegues de la manta a√ļn indicaba que all√≠ hab√≠a un ser vivo".

"Poco a poco, la r√≠tmica nubecita perdi√≥ intensidad hasta que desapareci√≥ del todo. Una √ļltima r√°faga de viento remeci√≥ la mantita e hizo crujir las ramas del acerillo. Luego, el silencio. Dicen que la muerte por congelamiento sobreviene como un sue√Īo, sin sentirla.

"Humberto fue hallado dos meses después, en el mismo lugar y en la misma postura que les describo."

Mientras Antonio Beorchia Nigris prepara una vez m√°s las alforjas, albardas y recados para emprender el ascenso, recuerda el a√Īo 1958, cuando alcanz√≥ el pico Polaco, esa cumbre de 6080 metros a la que no pudieron llegar los expedicionarios venidos de Polonia. Habla del imponente Mercedario (6770 m) y no deja de hacer referencia al Aconcagua: "Yo lo sub√≠ en 1959 por la faz norte, que nunca se hab√≠a hecho. Sucede que es famoso porque la gente de todo el mundo viene a escalar un nombre. La ruta normal es f√°cil, pero la del Sur es la m√°s dif√≠cil de la Tierra. No es lo mismo subir por la escalera que rasgu√Īando paredes".

Como a su barba, los a√Īos cambiaron en el Gringo Beorchia sus distintos placeres para adentrarse en las alturas: "Es que el atractivo va cambiando con el tiempo y con la madurez. Primero se trataba de vencer, de ganarle la batalla a la monta√Īa. Despu√©s, la fauna y la flora se volvieron m√°s interesantes. Finalmente, fui descubriendo a los criollos, c√≥mo sufren y disfrutan. Esa vida casi espartana, no corrompidos por el consumo. Y la monta√Īa me sigui√≥ atrapando al convivir con pastores chilenos que parec√≠an vivir en los tiempos de Mois√©s".

Para Beorchia fue como reencontrarse con los ancestros: "Yo no estoy bien en este siglo de cambios y angustias, de falta de valores estables; me sentiría mejor en el siglo pasado. Y allá arriba encontré los cimientos para saber un poco más de quién es uno. Al principio también hablaba loas de esa gente y hacía la apología de los personajes, pero también -como en todo- hay buenos y malos".

En sus viajes, Beorchia rescat√≥ personajes como Climaco Villegas, un hombre de refraneros particulares, mitad jocoso, mitad sabio, que dec√≠a cosas como "m√°s vale rodear a que te rodeen" o, al referirse a alguien bravo, sol√≠a exclamar: "¬°Que Dios lo tenga de las orejas, mientras el diablo lo embozala!" Tambi√©n a la Huasa Eva Pasten, "una solitaria anciana de manos nudosas y la cara surcada al igual que las gredas del desierto y que en su juventud era capaz de domar un ch√ļcaro, tirar un pial, manejar el fac√≥n, degollar un novillo o voltear de un rev√©s al mozo m√°s pintado".

En un libro apasionante, Antonio Beorchia describe desde el paso del Espinacito -por el que asegura que San Mart√≠n atraves√≥ la cordillera- hasta la ascensi√≥n a los grandes nevados. No faltan an√©cdotas, semblanzas de personajes, cuentos lugare√Īos, odiseas, cacer√≠as, supervivencia, y leyendas y supersticiones como la del relincho y el diablo.

Ahora habla de los incas y los sacrificios que encontr√≥ en la monta√Īa, y de la Virgen: "A ella le dediqu√© el libro. La gente que estamos con el gauchaje somos todos creyentes. No soy devoto de ninguna Virgen en particular, porque se trata de la misma madre con distintos trajes".

Cuenta que cuando est√° en los Andes "se siente la presencia de San Mart√≠n. El se met√≠a por los pasos m√°s dif√≠ciles para sorprender al enemigo. Lo de San Mart√≠n fue una haza√Īa inconcebible".

Ser√° por eso que el Gringo Beorchia escribi√≥ del Gran Capit√°n: "No imagino a un gallardo general de brazo extendido, sino a un hombre enjuto, de rostro afilado, mirada penetrante, que trasunta una poderosa fuerza interior, montado en una mula casta√Īa, mansa; lo veo algo encorvado sobre el arz√≥n a causa de los dolores que le produce una antigua √ļlcera estomacal... la mula avanza jadeando; para y sigue, sigue y para, al comp√°s del temblor de sus ijadas, mientras roza la empinada senda con los belfos h√ļmedos. Detr√°s de √©l, la oscura culebra de los hombres y de las bestias sube despacio hacia las alturas".

"Así me gusta imaginar la gran travesía del Ejército de los Andes, en el marco grandioso de nuestra cordillera", sentencia.

Y hace tiempo que a Antonio Beorchia Nigris la cordillera, tan alejada de Italia, se le volvió suya.

Tan suya como la de los cóndores, los guanacos y esos zorros sagaces que él parecería imitar. .

Por Mariano Wullich Enviado especial


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