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Argentina, 16 de Julio del 2015  

En seré, el “Rufo” Carranza tuvo su noche de fama 
Quiso entrar con su zaino al club Los Once, pero algo no le salió bien
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Con una tremebunda tranca y a caballo apareció “Rufo” Carranza a las puertas del Club Los Once. Como escapado de un almanaque de Molina Campos, “Rufo” parecía un barril. Era retacón, panzón, de piernas cortas y con un bigotito quijotesco como puesto alezna, pocos centímetro por debajo de sus cejas frondosas y de un pelo tan grasoso como escaso. Los parroquianos que habían en el Club, algunos jugando al villar, otros al azar, cartas, y los mas chupando hasta por los codos, poco caso hacían la grotesca imagen del jinete montado.

Solo la voz de Pedro Martin se escucho entonces, y más le hubiera valido quedarse callado. “Dale, Rufo, a que no te animas a entrar jineteando al salón”. Esas palabras que en cualquier escenario normal hubieran terminado en una risa burlona del interlocutor como diciendo: “que pavada decís”, en seré cobraron fuerzas de hechizo.

Envalentonado por el alcohol y el sopor de la noche, el hombrecillo azuzo al potro y encaro por la puerta de dos alas que separaban la vereda del interior del club, en una esquina que también parecida salida de un cuento. Con paredes descascaradas, ladrillos raidos a la vista y ventanales con rejas a los que le faltaba siempre un vidrio, el Club Los Once era acérelo lo que el casino Monte Carlo. Also, Alsogaray, era allí el Rey y señor acodado detrás del mostrador, tomaba los pedidos y servía lo que se le venía en ganas (o mejor dicho, lo que tenía en su rudimentario escaparate). Estaba en eso de llevar y traer tragos, cuando lo sorprendió la escena. No podía ser. “Rufo” ebrio y a caballo.

La incitación de Pedro Martin se hizo más insistente a tiempo que el caballo de Carranza retrocedía los pocos pasos que había avanzado. Llegaba hasta la puerta y se volvía, como tomando envión.Ya eran varias las voces, que a coro, lo chumbaban a entrar.La conciencia y el buen tino no son algo que reine en seré o mejor dicho si existe, en superada por las ansias de jugar una broma de sus habitantes o de pasar un momento divertido.

Eran ya como las doce de la noche, cuando finalmente “Rufo” encaro decidido, rebenquió al pobre zaino, que parecía tener más conciencia que su dueño y no se convencía del todo de entrar, y avanzo dos metros dentro del salón de cinco metros por cinco, de paredes tiznadas por una estufas con tiros altos que atravesaban las paredes.

Alzo no tuvo ni tiempo ni fuerza para detenerlo. Caballo y hombre ya estaban adentro, con las intenciones de llegar al mostrador. Pero la arquitectura del lugar le jugó una mala pasada. A dos metros de la entrada, disimulada en el piso, estaba la puerta del sótano.

Y las dos patas delanteras del animal se apoyaron con fuerza y solo bastaron 2 segundos para que bestia y jinetes se hundieran por su propio peso hasta las entrañas del club. Calzado por la parte trasera el animal no terminaba de caer, al tiempo que Rufo, masturbado por la bebida que por el accidente, hacia equilibrio sobre el recado. Un acto reflejo atino a castigar al animal par que avanzara sin tener conciencia de que “avanzar” en este caso era caer en un hoyo de por lo menos 5 metros de profundidad.

Also no podía creer lo que veía, los parroquianos gritaban, reían, alentaban y se apartaban del radio de acción de Carranza y compañía. No se sabe como Rodríguez el policía del pueblo fue advertido del incidente y se presento en el lugar con la impostura y la autoridad que le daba su cargo: “Comisario del pueblo”. Como si su sola presencia pudiera “desenterrar” 700 kilos de entre las maderas rotas, entro sacando pecho, revolver a la cintura y cabeza en alto.

“Salí de ahí, carajo”, le ordeno a Rufo, como si la sola orden pudiera lograr el milagro. Hubieran estado toda la noche así si no fuera porque a Fuyi Ruela no se le hubiera ocurrido ir a buscar un lazo para atar animal y jinete y cinchar a lo loco para sacarlos de aquel agujero negro.

Cuando Fuyi llego con el lazo ya hacia una hora que el sótano había cedido. Todavía con Rufo montado, enlazaron al animal y empezaron a tirar con fuerza para tratar de sacarlo. No había caso, ya eran 10 los hombres que tiraban de la cuerda encerada con grasa rancia, para evitar que se endureciera.

Al ver que estos serian sus “15 minutos de fama”, Rufo se envalentono y comenzó a hacer el enojado desde el recado.

Revoleaba el rebenque y gritaba improperios a troche y moche. Also, disminuido ante la escena y la presencia del comisario, se acerco tímidamente a calmarlo, pero recibió un lonjazo de refilón se fue a esconder detrás del mostrador.

Como a la media hora de hacer fuerza y transpirar amares, los más entusiastas lograron sacar al animal y al cristiano del hoyo.

Las batarazas de Rufo flameaban al viento, mientras era llevado a las rastras hasta el destacamento del pueblo, enfrente de la plaza.

Lo esperaba allí un calabozo de un metro por dos, del que saldría recién un mes después, sin juicio, expediente, ni nada que se le pareciera. Eso sí, antes de entrar en el sucucho recibió otros rebencazos y un baño de agua helada que apago el ultimo astibo de veleidad que le quedaba.

"Gentileza:Diario La Nación, Sección Rincon Gaucho.- Edición y titulado:Mariano Wüllich -Srio Prensa CGA"


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