Quiénes somos Federaciones Noticias Buscador Revista LOS GAUCHOS Radio SEÑAL GAUCHA Contáctenos Webmaster
Búsqueda avanzada Agregar a Favoritos Hacer página de inicio  
   Inicio
   Radio Señal Gaucha
   Quiénes somos
   Presencias y Logros
   Federaciones
   El Gaucho
   Regiones Gauchas
   Comidas Típicas
   Humor
   Caballos
   Libros
   Música
   Artesanías
   Gauchadas
   Calendario
   Fotos
   Postales Gauchas
   Glosario
   Agradecimientos
   Correo del Lector
    Contáctenos



 
Argentina, 10 de Septiembre del 2015  

"EL LIBRO LEIDO PARA UD."  
Del libro ENTRE LOS GAUCHOS de Hugo Blackhouse
Tiempo de lectura: | 626 lecturas.
  Foto
+ Ampliar imagen

Del libro ENTRE LOS GAUCHOS de Hugo Blackhouse, extraemos algunos párrafos memorables, que son una fotografía de la vida de nuestros gauchos, y contado por un inglés que los admiraba, pero que se hizo gaucho, convivió con ellos, aprendió su maestría en el manejo del caballo, necesario para trabajar los campos en esos tiempos, y también ahora. Reflejan sus relatos la zona que habitaban, las dificultades del terreno, describe su flora y fauna, y todas las cosas que le impactaron, y que ahora nos sorprenden, aún a los que algo de eso conocemos.-

De aquí en mas iremos dando a conocer otros episodios vividos por el autor en el mundo de los gauchos,

¡que aun existen entre nosotros!.



“Toro” y el toro

Las barrancas me compensaron con exceso la perdida de San Miguel. Era una estancia diferente, más primitiva y alejada de la civilización, estaba 150 metros más cerca de la cumbre, por encima de la línea de arboles del país y demasiado alta para que medraran las variedades leñosas corriente en la sierra, pero los pastos eran mejores aún y el ganado, durante los meses de verano, presentaba igual aspecto que el alimentado con alfalfa. El terreno del valle era negro como la pólvora, y todo lo que podía resistir los fríos inviernos crecía de un modo excepcional. Una planta de maíz tenía a menudo hasta seis mazorcas por tallo y tres de ellas pesaban un kg.

Unos de mis vecinos, que vivía aun más arriba me enseño una patata de más de un kilogramo, y algunas esquejes daban rosas tres veces más pronto que en suelo más abajo.

No tarde en tener una bonita casa rodeada de flores por todas partes y con una galería ornada de enredaderas. El césped de delante, por el que se iba a la pequeña presa en los días de sol a California “como llamábamos a aquellas en que el astro calentaba sin molestar” era un sitio de los más agradable para pasar una tarde ociosa tendido en loa mecedora.

Con el cultivo y la plantación este nuevo valle se fue volviendo cada vez más atractivo, no solo desde el punto de vista artístico, sino también en relación con el ganado criollo que vagaba hacia el norte. Las tapias de piedra no servían para detener las reces, y aunque las estábamos echando constantemente, insistían una y otra vez pisoteando plantas jóvenes y haciendo bastante daño. Mi capataz, Jerónimo que cuidaba del ganado vacuno, se me quejo un día:
--Señor- me dijo- , si no atajamos esta torada, van a estropear la plantación. El macho frontero es muy chúcaro y no respeta nada; es el que ahora paso a los otros, y abría que matarlo.
-- es imposible—repuse yo-. No podemos matar ganado que no es nuestro; pero daremos a ese bandido una buena lección. Ten unos caballos prevenidos por si vuelven a meterse aquí.
A la mañana siguiente, muy temprano, estaba yo vistiéndome cuando Jerónimo se asomo por la ventana y tabaleo en el cristal.
--¿Qué pasa, amigo? – Pregunte – los intrusos, señor, y ya tiene dispuesto el caballo- .
En cinco minutos estuvimos en las sillas, con mi bulltierrier “Toro” detrás de mi montura.
Aunque nos fuimos acercando con la máxima precaución a aquellos vagabundos nos olfatearon y empezaron a despejar el terreno.
- ¿Cuál es? – grite a Jerónimo, en el momento de poner los caballos al galope.
- ¡allí va, Don Hugo! – contesto, señalando hacia un animal grande y seco, de pelaje amarillo y blanco, bien provisto de guampas.

“Toro” y yo iniciamos la caza: yo, montado en “camellos”, jaca serrana sumamente ágil; a poca distancia de mi corría el perro esperando la señal de atacar. No alcanzamos al fugitivo hasta la primera cerca de piedra, yendo hacia el rio, porque el ganado serrano especialmente el criollo, puede correr como el venado. Cuando, finalmente me puse a su nivel galopando, me volví de pronto hacia el mi caballo, este comprendió enseguida, y tan pronto como le tire de la rienda, se abalanzo en derechura sobre el toro, dándole una pechada en plena paletilla. El choque fue tremendo y la bestia se desplomo de costado, mientras “camello” saltaba por encima con seguridad. El resto de la manada atravesó la cerca, mientras mis hombres daban voces y manejaban diestramente los rebenques.

Volví a prisa hacia la res derribada, para obligarla a pasar por la brecha; “Toro” se estremecía excitado pero aguardaba dócilmente mis órdenes. La aturdida bestia se incorporo con trabajo, y, en vez de escapar, escarbo el suelo con sus pezuñas, bufando y bramando, al mismo tiempo que seguía los movimientos de “camello” con ojos furiosos, inyectados en sangre iba a envestir, y lo abría echo si yo no hubiese dado a “Toro” la señal.

Como un rayo, el perro se lanzo a la pelea. Un mordisco en la pata trasera obligo al enfurecido animal a mirar a su nuevo enemigo; “Toro” describió un círculo, le salto a una canilla delantera y luego retrocedió unos metros saltando hacia la tapia derribada. El toro, cada vez más rabioso, se abalanzo en dirección a su agresor, pero el perro se mantenía a distancia, emitiendo sus ladridos más pavorosos, mientras le hacía regates y le tiraba mordiscos al morro.

Cuando el toro envistió al perro, empoleé mi caballo y cogí el rabo del broto con una mano; luego, con la otra, le aplique el rebenque en los costillales. Empañado en alcanzar a “Toro” con los cuernos, el enloquecido animal seguía tirando derrotes; así como una zanahoria conduce un burro, “Toro” se llevaba a su homónimo a través de la brecha abierta por los otros animales de la manada.

El torrente, a 50 metros de allí, dejaba oír el estruendo de sus aguas al precipitarse. A la derecha, su curso se aplanaba, y el ganado podía vadear el rio hacia sus pastos del norte; pero a la izquierda estaba el profundo remanso que utilizábamos para bañarnos, y una pequeña cascada por encima del impedía seguir adelante a caballo por la orilla del rio.

No, me explico porque el toro cambio de táctica; el caso es que, tan pronto como pasamos al otro lado de la cerca de piedra, de volvió contra mí y para esquivar la acometida tuve que acercarme al remanso.

El perro viendo que las cosas no iban muy bien, intervino de nuevo, y en un instante clavo sus fuertes mandíbulas en la nariz del toro. Con un mugido atroz, trato de liberarse de su atacante, sacudiendo la cabeza de un lado a otro, pero en vano, el perro permanecía colgado, mientras su víctima, avanzando despacio hacia la rebalsa, buscaba por donde huir. Yo no podía hacer nada para cambiar la dirección que llevaban los dos animales, pues me disponía a distraer a “Toro” en su tarea de evitar las pezuñas de su adversario, que acabarían con el si le alcanzaba en su continuo machaqueo.

He visto a caballos salvajes valerse de toda clase de tretas para librarse de sus jinetes y supongo por eso que el toro intentaba sumergirse en el agua con objeto de desembarazarse de su enemigo. De todos modos, permanecí sentado esperando, en la idea de que, si el toro saltaba al remanso, mi perro se soltaría a tiempo para no caer allí.

Finalmente, con impulso terrible se lanzo aquel demonio amarillo. Volví a mirar después de la imponente zambullidla, contando con que el perro estaría nadando libremente. ¡Nada de eso! La lucha proseguía y el perro continuaba colgado de la nariz del toro.

Medio minuto después observe algo sorprendente. En medio de la poza continuaban los dos animales peleando enconadamente; “Toro” no parecía preocuparse mucho por estar debajo del agua: hundió a tirones la cabeza del toro una docena de veces, y otras tantas salió levantado en los esfuerzos de su adversario por respirar. Estaba seguro de que los dos se ahogaría, aunque mi perro parecía ir adquiriendo ventaja.

Por último, no me fue posible seguir contemplando inactivo la tragedia que amenazaba a mi perro; como no podía hacer otra cosa me deje caer en el remanso montado en “camello”.

Esta jaca mía jamás vacilaba en cumplir una orden, para deslizarse por las espinadas y resbaladizas paredes de una peña o saltar de roca en roca si hacía falta; no conocía el miedo. La dirigí hacia los combatientes y allá se lanzo nadando vigorosamente en 3 metros de agua; la hice acercarse por delante de la cabeza del toro, donde el perro seguía debatiéndose sin soltar presa, y conseguí agarrar al bullterrier por el corto rabo.

Refrene a “camello” lo que casi nos costó hundirnos en el agua, y solté las riendas. Rápidamente me incline antes de que la jaca, en sus esfuerzos se apartara de allí, y, abandonando el rabo de “Toro”, le cogí la nariz y la mandíbula interior con ambas manos, mientras sujetaba el caballo con las rodilla, lo más fuerte que pude.

Me costó mucho trabajo lograr que el perro cediera y no falto mucho para que me sacase de la silla.

“Toro” libre al fin, aunque bastante cansado, abría acometido nuevamente a su adversario, pero le retuve bien por el collar; “camello” nos llevo a nado hasta la orilla, y seguidamente trepamos hasta el terreno seco de más arriba.

El toro nado hasta la orilla opuesta, mas empinada todavía, y, tras uno o dos intentos vanos, logro al fin salir del agua; luego, bordeando un muro de piedra fue, tambaleándose, al sitio por donde había entrado en el campo. Ya no volvimos a ver aquel toro de pelaje amarillo y blanco, pues nunca se atrevió a irrumpir de nuevo en nuestro dominio; fue una buena lección, que fácilmente pudo haber costado la vida a mi valeroso “Toro”.

Tales caso son frecuentes en la vida del campero, y no se les da importancia por considerarlos triviales. Todo aquel que elija este modo de vivir debe confiar en sí mismo, tener individualidad y bastante iniciativa para resolver los problemas de cada día. Acierte o no, nadie reprochara a quien allá echo lo que pueda.

No cabe conseguir una escuela mejor para adquirir seguridad, que la del campo. ¿Es posible imaginar que se confíen a un hombre inculto, que no sabe leer ni escribir, hatos de ganado por valor de más de 10000 libras esterlinas? Esto no puede ser nuestro único capital y significar la ruina, si se pierde. Sin embargo, a este rudo hombre de la naturaleza se recomienda su cuidado no solo en el campo, sino en el transporte de un sitio a otro, el cual puede durar semanas enteras y pasar por muchas pruebas a lo largo del viaje. De esta manera, el buen criollo o gaucho tiene por norma de perder una sola res, aun por fuerza mayor, es una deshonra.

El autentico criollo se siente orgulloso de la confianza de su protón, y también de su propia habilidad en todo los asuntos del campo. No tolera insultos a este amor propio, y defenderá su honra con el facón. La misma palabra gaucha, aplicada hoy a un hombre es un cumplido; significa que es no solo un campero cabal en el trabajo, sino también un hombre de honor.

“hacer una gauchada”, frase que se aplica refiriéndose a alguna acción generosa, o “el hombre es muy gaucho”, quiere decir, en este sentido, que se trata de una persona recta, que procede lentamente en todo los terrenos, aunque nada sepa de las faenas del campo. Esta frecuente aplicación del nombre que llevaban los antiguos camperos a persona de buen crédito en la actualidad demuestra simplemente el firme espíritu de campo y el indomable orgullo de aquella gente, que se ha dejado a la Argentina como herencia de la palabra gaucho, para que sirva de emblema a sus hijos, como la imagen de San Jorge a la raza Inglesa.

Yo, que me hice hombre entre esos hijos de las pampas, y después he convivido con hombres de otros países, aseguro que no existe mejor amigo o compañero que el gaucho genuino, si hay quien le supere en cuestiones de honor. Desde luego que está sujeto a la flaqueza de la carne, igual que cualquier otro ser humano, pero no es traidor ni mezquino, ni siquiera en la adversidad; peleador, tal vez, pero honrado, y un hombre por encima de todo.


Volver
   Imprimir esta nota Enviar esta nota por email a un amigo


Señal Gaucha - Radio por Internet
  COLABORADORES
  RIFA MILLONARIA
  Libros - Novedades

Presente de Gauchos en Provincia de Buenos Aires
por María Cecilia Pisarello
155 páginas

  Música - Novedades


"LOS ARRIEROS DE SALTA"
Los Arrieros de Salta (Un Canto a Nuestra Tierra)

  Email: correo@confederaciongaucha.com.ar | Contáctenos | Estadísticas Ir Arriba 
 © Copyright 2003-2017 Alejandro Salvatierra  
Optimizado para una resolución de 800x600 píxels utilizando Internet Explorer 5.x y versiones posteriores.
Sitio diseñado por Alejandro Salvatierra
Golem Solutions
Inicio | Noticias | Federaciones | Suscripción | Webmaster | Contáctenos