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Argentina, 20 de Septiembre del 2016  

"ANA BEKER" una amazona de las pampas  
Por: Fernando Sánchez Zinny*
Tiempo de lectura: | 217 lecturas.
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Con sus caballos criollos Principe y Churrito, esta excepcional amazona de Lobería, superó el record de Gato y Mancha ya que, después de alcanzar Nueva York, siguió camino hasta Canadá.

La pampa auténtica, la genuina, la arquetípica, la pampa por antonomasia, es la de la pura extensión, la del campo abierto sin alambradas ni tranqueras, la del gaucho. Pero el gaucho no es solo él, sino él y su caballo, su amigo, su compañero, su leyenda, su “único tesoro”. Al menos así se cuenta y la imagen verosímil de esa inmensa llanura no es sino un recordatorio de galopadas, de tropillas, de animales míticos unidos al relato de tradiciones, de heroísmos, de esfuerzos extraordinarios.

Un buen día no hubo más aventuras, ni guerras, ni entreveros, y la historia cambió, pero por mucho tiempo el ánimo subsistente se resistió a aceptarlo: todos siguieron considerando al caballo el gran amigo del gaucho, como el abnegado compañero del paisano en la intemperie connatural al desierto. Es verdad que ya no eran hechos cruentos, de vida o muerte, los que atraían la atención, sino las variadas rutinas del trabajo, o bien la labor empeñosa de quienes deseaban superar sus propias exigencias; curiosamente, esto último, a menudo a cargo de extranjeros a cargo captados por el magnetismo de lo gauchesco, según el modelo ilustre trazado por Robert Cuninghamme Graham, “el más inglés de los gauchos”.

Gato y Mancha, por ejemplo, se llamaban los caballos criollos con los que el suizo Aimé FelixTschiffely, tras haber sido maestro en Quilmes, salvó la distancia descomunal entre Buenos Aires y Nueva York, hazaña que en su momento causó honda conmoción.

Diversos émulos notables tuvo esa proeza, entre ellos una mujer a la que generalmente para nada se menciona y que por eso mismo merece este pequeño intento de salvarla del olvido.

Ana Beker, excepcional jinete, nacida en Lobería, hija de padres letones, recorrió también con solo la compañía de dos caballos –pero cerca de dos décadas después- aproximadamente los mismos caminos de su ilustre predecesor, pero le ganó en términos de records, pues lo hizo con el añadido de que desde Nuava York siguió hacia el norte, hasta Montreal y Ottawa, incorporando de ese modo el frío Canadá al continente gaucho.

Sus aventuradas andanzas, con multitud de complicadas experiencias de vida, de cultura y hasta de política, quedaron reflejadas en el libro “Amazonas de las Américas”, aparecido en 1957, con prólogo del entonces famoso periodista Clemente Cimorra, obra por demás curiosa acerca de un mundo –el de nuestros países latinoamericanos- en el que la vida tradicional estaba rápidamente esfumándose ante la presencia de la actualidad tecnológica y mercantil. Ese testimonio hace que se le deba, además, a Ana Beker uno de los últimos libros de viajes que nos conciernen, género ilustre de siglos anteriores, hoy malamente continuado por las notas de promoción turística.

El traslado duró nada menos que tres años y medio, desde el 1º de octubre de 1950, Año del Libertador General San Martin, cuando nuestra amazona salió del mojón del kilómetro cero de plaza Congreso, dama de chaqueta corralera, botas de potro al comienzo, sobre las bombachas blancas, sombrero de campo y pañuelo al cuello, en compañía de Churrito y Príncipe, hasta el 6 de julio de 1954, cuando desmontó frente a la embajada argentina en la capital canadiense, pero ahora llevando a Chiquito y a Furia, reemplazantes de las denodadas cabalgaduras iniciales, víctimas de los rigores afrontados.

Un viaje riesgoso

El viaje había sido extremadamente complejo y nada faltó en el trayecto y en el regreso, desde revoluciones centroamericanas hasta fieras circenses empeñadas en perseguir a los pobres caballos; desde el auspicio complacido de la omnipresente Eva Perón, hasta el riesgo de naufragio ya en la vuelta, cuando el vapor Río Tercero, atrapado por una tempestad a poco de dejar Halifax, casi zozobra en aguas del Atlántico Norte.

En el prolongado intermedio, Ana conoció pastores de montados y campesinos inclinados sobre la tierra, ciudades provincianas y urbes en plenodesorden, iglesias y fincas señoriales, montañas inmensas y selvas, poblaciones apartadas y tribus primitivas.

Había seguido por atrás de Rosario hasta Santa Fe y de ahí por Santiago del Estero hasta Tucumán. Por la Quiaca llegó hasta Oruro y después de avistar el Titicaca alcanzó Cuzco para ir desde allí a Nazca y seguir el camino de la costa peruana hasta Guayaquil. Se internó en los Andes, pasó Quito y cruzó Colombia hasta puerto de Turbo, sobre el Caribe, donde le tocó comprobar, también a ella, la imposibilidad de atravesar la selvática angostura de Darién.

Embarcó entonces en Cartagena y de ahí a Colón, en Panamá, siendo este el único tramo no hecho a lomo de caballo. Tras pasar por la ciudad de México llegó a Tampico, punto desde el que bordeó el Golfo de México hasta Nueva Orleáns, para internarse después por caminos al oeste de los montes Apalaches, que atravesó, finalmente, a la altura de Washington, ya en la antesala de Nueva York y de Montreal.

Fue un momento de gloria al que, como pasa siempre, siguió el invencible silencio: nuestro homenaje de estas líneas se limita a la melancólica lectura de ciertos viejos textos, que el tiempo amarillenta.

*Fernando Sánchez Zinny: nació en Buenos Aires el 5 de octubre de 1938. Es miembro de la Academia Nacional de Periodismo, poeta, escritor y crítico literario; en 1971 ingresó en la redacción del diario LA NACION, donde permanece en calidad de editorialista. Entre otros cargos es profesor de la Escuela Superior de Periodismo del Instituto Grafotécnico. Colabora con diversas revistas culturales.

FUENTE: LA NACION, sábado 10 de diciembre de 2005


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