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Argentina, 29 de Diciembre del 2016  

DOÑA FELIPA, LA MÉDICA DE LA ALFALFA 
Por Hebe Almeida de Gargiulo
Tiempo de lectura: | 194 lecturas.
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En nuestra entrega anterior publicamos una interesante nota costumbrista del escritor y estanciero Hugo Backhouse titulada “Curaciones en las sierras de Córdoba” que el autor escribió hacia el año 1930. Continuando con el tema de la medicina campera, nuestra Secretaria de Cultura, Prof. Hebe Almeida de Gargiulo, nos facilitó una investigación de su autoría referida a la famosísima doña Felipa del Carmen Rojas, mejor conocida como “la Médica de la Alfalfa”, que ella conoció personalmente. Las extraordinarias dotes de doña Felipa, pronto trascendieron los límites de la provincia de San Juan creando un halo casi místico acerca de sus diagnósticos como también por las hierbas medicinales que recomendaba.

La conocía “de mentas” prácticamente desde la infancia. Había oído relatos asombrosos, confirmados por algunos profesionales y sentía gran curiosidad por entrevistarla.

Muchas veces pretendimos acercarnos mi esposo y yo y siempre se nos plantearon dificultades. En verdad nuestro afán no era de pacientes, sino de investigadores y no sabíamos como encararla con sinceridad. Finalmente pudimos concretar las dos apetencias: la consulta y la entrevista posterior.

La consulta

Tras una frustrante visita a un especialista de la Capital, y como consuelo, mi marido me llevó unos días a las termas de Pismanta.

Para quienes no conocen ese pedazo de suelo sanjuanino, enclavado entre los cerros, a poco más de tres horas de la ciudad, debo aclarar que fuimos por un buen camino, desde San Juan al norte primero, hasta la ciudad de Jáchal (156 km.). Un alto obligado por la sangre y los recuerdos: las tumbas de mi padre, dos hermanos y mis abuelos jachalleros; una breve visita al Patriarca San José y la partida rápida para no comprometernos con los numerosos amigos.

Después rumbo al oeste, entre curvas y badenes, típico camino de cornisa; a un lado el río con todos los mensajes de una infancia campesina y feliz, y al otro los cerros, pelados y fuertes, montañas en serio. Atravesamos los túneles repetidos y avistamos Rodeo, el valle sereno donde “sosiega el tiempo”. Muy cerca, el Departamento se llama Iglesia, donde están las termas con sus aguas calientes y mineralizadas, cuya fama medicinal ha traspuesto las fronteras de la Argentina. Tras un par de días de una serenidad irrepetible, decidimos visitar a Doña Felipa, en su casa de La Alfalfa.

Antes de continuar el relato, debo referir mi estado de salud en ese momento: padezco, porque todavía dura y ya me pronosticaron que debo hacerme su amiga, una artrosis generalizada; además, ese año, tras un serio episodio pulmonar, me quedó la secuela de un espasmo bronquial, activado por los cambios de temperatura. De este último todavía no tenía diagnóstico definitivo y había consultado a especialistas de Córdoba y Buenos Aires.

Antes de partir de Pismanta , debimos recoger la orina de la primera hora. Y nos fuimos, por entre paisajes de ensueño; atravesamos Tudcum y costeando la montaña, rumbo a Angüalasto, llegamos a casa de Doña Felipa. Era un claro domingo de primavera apenas nacida, que nos permitía respirar con fruición. Allí, en contacto con la naturaleza total, comprendí que estaba bien consultar la ciencia de la “médica de La Alfalfa” y sus saberes no aprendidos.

Nos hizo esperar largo rato, lo que nos permitió adentrarnos en la circunstancia particular que estábamos viviendo, dos profesionales de larga trayectoria, poco dados a la credibilidad.

Cuando el sol ya se hizo importante en el escenario, Doña Felipa nos invitó a pasar al amplio patio de tierra de su casa. Allí había tres sillas (una para ella, una para la paciente y la otra para el acompañante), un banco entre las dos primeras sobre el que se destacaba un papel blanco, grande. Ya instaladas, ella en su silla, delante del banco y en frente yo, volcó la orina en un largo vaso de cristal, de esos llamados “potrillos” y permitió con un movimiento que un rayo de sol se filtrara a través del líquido. Una imagen de curvas se reflejó en el papel blanco y ella iba señalando algunas zonas como partes de mi organismo. Después de un pesado silencio, concentrada mirando la imagen, dijo con voz grave, como si hablara sola: “Tiene enfermedad a los güesos”, y prolongando las oes de “tooodos” como para destacarlo.

Seguía mirando el dibujo abstracto para nosotros, y por momentos me miraba a mí en la cara, en el cuerpo, en las piernas. De repente, como si acabara de entender algo, dijo: “No, no tiene nada en los güesos, es en las coyunturas”. (No sé si hace falta recordar que mi problema no son los huesos sino las articulaciones”.

La observación no se detenía. Cada tanto hacía movimientos con el vaso y contemplaba la imagen reflejada. Volvió a hablar: “Tiene enfermedad a los bronquios; pero es por los friamientos, ya se le va a pasar”.

Y eso fue todo. Terminado el diagnóstico, me prescribió un tratamiento “purificante” con yuyos para beber y para bañarme. Después debía iniciar la curación con otra suerte de yuyo.

Cuando dejamos la tierra del milagro y regresamos al cotidiano trajín, le conté a la reumatóloga que me atiende habitualmente. Ella aprobó los yuyos porque conoce los efectos que producen en la circulación, cosa que obviamente me aliviaría.

Este es mi caso; yo misma lo viví, y podría relatar innumerables otros que me fueron narrados.

La entrevista

Unos años después, en ocasión de uno de nuestros Ateneos Folklóricos, nos visitaba don Feliz Coluccio, el distinguido investigador. Urgidos por su interés, y sabiendo que Doña Felipa estaba en su casa de la ciudad, conseguimos que nos recibiera.

Vencida la primera desconfianza, el diálogo fue fluido y enriquecedor. Así nos enteramos que se llama Felipa del Carmen Rojo de Romero. “Rojas por mi padre y Nicolía por mi madre”, dice haciendo referencia a una tradicional familia de médicos jachalleros, los Nicolía. En ese momento, 1987, tenía 86 años y su apariencia era rozagante.

De su vida privada sólo nos contó que tuvo 10 hijos; que crió otros 7; que nunca fue a la escuela; que siempre vivió en el campo, aunque ahora tiene esa casita en la ciudad para mandar a la escuela secundaria a dos mellizos que está criando; que su madre vivió 110 años, y cuando murió estaba perfectamente “de la cabeza; en cambio ahora todos están perdidos de la cabeza; ahora hablan una cosa y mañana hablan otra”, asegura socarrona.

A nuestra consulta sobre sus dotes responde largamente, Trataremos de resumir, sin cambiar sus palabras, dichas en ese tono tan particular y acompasado del habla jachallera, con acentos diferentes y rico vocabulario castizo.

“Para explicar como curo, tendría que estar atendiendo al enfermo. Yo curo con yuyos y también con medicinas hechas con yuyos”.

“El conocimiento me vino solo; es como si estuviera soñando un sueño; yo veo la enfermedá y en el acto se la conozco, qué enfermedá y a donde está, en que parte la tiene. Es un poder que tengo yo, que yo le voy a decir, yo no lo he adquirido con nada; me ha venido solo; ¿se da cuenta?, yo le voy a conversar: nosotros vivíamos en el campo, en la Ciénaga de Huachi; esos campos eran de mi madre. Había una niña que la habían botado los padres porque había quedado de encargue; en esos años que eran tan severos los padres y la habían botado. Mi madre se había ido a Jáchal a hacer las cosas que hacen falta y comprar las mercaderías. Y la niña viene y se enferma de parto, en la noche. Vienen y me llaman a mí; era una distancia lejitos, y me fui con otras chiquitas que estaban en la casa. Yo tenía 12 años; la arreglé bien, la preparé bien; yo no había visto nunca tener familia. Por mi Dios que está en los cielos y esta tierra que piso y la luz que alumbra, mire, no la voy a equivocar, sino le voy a decir lo que es: a mí me iban agarrando, como si me iban agarrando, “hacé esto, hacé esto, hacé estotro”; eso lo voy a decir yo por mi Dios que está en los cielos, sin equivocarla ni una palabra, ¿ve? Eso es lo que es”.

“Siempre curaba las muelas; iba al jardín y cortaba yuyitos y les hacía remeditos y les curaba las muelas a los niños. Así ha sido mi empiezo, ¿ve? Yo sin tener contacto con nadie; yo sola con mi madre y mi padre, solos nosotros; pero lejos, una larga distancia; en la Ciénaga de Huachi, de los Varela, que ha sido de la madre mía; hay que entrar a caballo por huellas. (Ese es el sentido de la lejanía; no es tan grande la distancia, sino que es muy difícil el acceso; o al menos, era).

Después vinieron algunas descripciones de enfermedades, desde las verrugas –“que se curan los viernes por la mañana”-, los “filtros de riñones”, la psoriasis –“que cuando está encarnada no se cura”- el hígado… y muchas otras. Se confiesa muy religiosa: “yo mi religión la guardo y se cómo la llevo y cómo la voy a atender. Tengo mis imágenes, el Cristo, la Vírgen de Andacollo, todos los Santos y especialmente Santa Cencerrata (confieso no saber si esta es la grafía), que es muy milagrosa y es la abogada de nosotros; tengo una imagen muy antigua. Yo no salgo nunca, únicamente para las fiestas de la iglesia”.

Y sigue el relato: “Mire, a mí no me gusta hablar, mejor hablen ustedes con la gente y que ellos les digan. Tiene que saber usté las cosas por otra boca, y no lo que le diga yo; va a decir: “esta vieja se las está dando”. No puedo explicar cosas que no son; lo que puedo hacer lo hago y lo que no lo puedo hacer se lo digo. No me gusta equivocar”.

Preguntada si está transmitiendo a alguien su conocimiento dice: “¿Qué les voy a enseñar?, si eso nace, niña, eso nace. Y lo de estudio yo no lo enseño porque está en los libros”.

“Vamos a conversar. Mire, un muchacho estudiaba medicina en Córdoba, tenía un dolor muy grande en la cabeza, se caía el muchacho, y la madre me conocía mucho a mí; y el muchacho no tenía fe; claro, como estaba estudiando, estaba pechudo; él iba a ser el que les iba a ganar a todos los demás. Le digo mirá, esta enfermedá que tenís vos, no creas vos que te podís curar de esta manera; si te han hecho tantas cosas ¿por qué no te has mejorado? Lo que a vos te falta es poner un poco de fe, la fe es lo que te falta a vos, otra cosa no te falta”. Así siguen las consideraciones y, sin describir el método, nos informa como lo curó.

En nuestra curiosidad averiguamos si ella piensa que su saber le viene de Dios y si Él le ayuda a curar. Esta fue su respuesta: “¿Piensa usté?, ¿qué es la vivencia que usté tiene, a donde la tiene? Todo viene de Dios, niña, ¿de quien más va a ser?”.

Al hablar de sus métodos de trabajo. Que naturalmente no va a enseñarnos, ni lo pretendemos, dice que atiende, o atendía porque cada vez lo hace menos, los domingos por la mañana y siempre que haya sol, unas tres o cuatro personas.

Asegura no haber tenido nunca problemas con la policía, ni los tendrá, “porque no le hago mal a nadie; eso sí, no pueden tomarme el pelo, si es por una pruebita van a salir muy mal; nunca han hecho eso conmigo porque el castigo se lo llevan ellos. Porque esto no es un estudio es otra cosa”.

Podríamos llenar muchas cuartillas relatando los innumerables e increíbles “casos”; aún conservo detalles de esta entrevista y otras posteriores. Por ahora la dejamos con su fe, con sus saberes y en su tierra de La Alfalfa. Vaya esta semblanza en representación de los que de buena fe y con dones que aún no conocemos, verdaderamente consiguen el reconocimiento de sus semejantes.


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