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Argentina, 18 de Mayo del 2007  

El Gaucho: Sus Usos y Costumbres - 2º Parte 
Vistos por el Naturalista Alcide D’Orbigny (Extractado de la obra VIAJE POR AMÉRICA MERIDIONAL – 1826 a 1833) compilación de Antonio Beorchia Nigris
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El baqueano
A la vanguardia, a una media legua de distancia, avanzaba el baqueano o guía, el personaje más importante de toda la caravana, puesto que es su experiencia la que conduce a través de los campos, hace evitar los obstáculos, calcula la dirección y los altos de acuerdo con la necesidad de agua.
El arte de orientarse en medio de desiertos cuyo aspecto uniforme no ofrece ningún objeto que pueda dejar en la memoria rastros profundos, exige una sagacidad de la cual podemos tener difícilmente idea y que solo se encuentra entre los salvajes o entre pueblos semejantes a los pastores de América del Sur, cuya educación y costumbres se aproximan al estado natural.
El baqueano que nos conducía estaba con ese cargo a sueldo del gobierno: lo acompañaban algunos holgazanes que, con el título de voluntarios, y sin otra esperanza que la de participar en alguna refriega, donde se les permitiera llevarse los caballos de los indios, abandonaron alegremente sus lugares de residencia para desafiar las incomodidades y privaciones de la vida errante. Esos aventureros pertenecían a la clase de hombres que en el país reciben el nombre de gauchos, gente vagabunda, sin domicilio, que vive de lo común, abusando de la hospitalidad tan general en esas comarcas, dividiendo su vida entre el juego y las pulperías y no alquilando sus servicios sino en el último extremo. Verdadero tipo de las costumbres agrestes y del carácter independiente de los habitantes de provincias donde domina la vida pastoril.
Algunos de los voluntarios marchaban en grupos alrededor del baqueano; otros, colocados por sus órdenes a media legua sobre los lados de la columna, le servían de exploradores y escrutaban con ojo avizor las altas hierbas que cubren gran parte de la superficie de las llanuras. Venían a continuación los indios: esos altaneros e indómitos guerreros marchaban esparcidos, llevando en una mano sus largas lanzas y espiando a los ciervos y avestruces que encontrábamos continuamente a nuestro paso y que difícilmente escapaban a sus boleadoras; sus mujeres e hijos conducían detrás las bestias de carga y los caballos de remonta, galopando a derecha o a izquierda para empujar los animales perezosos que, en esos largos viajes, se detienen a cada instante para ramonear.
Finalmente, la retaguardia estaba formada por el regimiento de los coraceros: esos militares conducían también caballos de remonta y una tropilla de yeguas destinadas al aprovisionamiento de la caravana, porque no se llevan otros víveres en marchas tan rápidas y se había preparado, únicamente para mí, algo de carne vacuna seca y salada a la manera del país. (Vol. 2º, pag. 184-185)

Duelos entre gauchos
Todas las peleas de los gauchos se ventilan con el cuchillo en la mano; sus duelos tienen lugar casi siempre en presencia de testigos y están sometidos a ciertas leyes. Así les es permitido llevar un poncho en la mano izquierda y hacer con el mismo una especie de escudo: se baten muy difícilmente a muerte; solo pueden tocarse encima de la cintura y, por lo común, todos sus esfuerzos se limitan a alcanzar al adversario en el rostro para dejarle una hermosa cicatriz; es lo que llaman marcar al enemigo, por alusión al ganado que se marca con hierro candente.
El juego y la ebriedad no son las únicas fuentes de disputas entre esos bandidos; Los celos les ponen a menudo el cuchillo en la mano y es así que se baten por una amante. En cuanto a sus mujeres legítimas, sienten poco apego y las ceden de buena gana; a veces hasta se las juegan; son más bien sus esclavas antes que sus compañeras.
El aspecto del gaucho no es menos extraño que sus costumbres; su vestimenta se compone de un sombrero de fieltro, un calzoncillo de lana blanca, adornado de franjas por lo bajo, un chiripá de tela roja, verde o blanca, botas de potro, sin suelas y sin costuras y un poncho que llevan sobre los hombros o enrollado en la cintura, según el mal o buen tiempo. Agregad las enormes espuelas, un lazo, las boleadoras suspendidas del arzón, un largo cuchillo sin váina, colocado en la espalda, y tendréis una idea completa del atavío del gaucho.
No lleva cuando viaja ni ropa, ni otros vestidos que los que lleva puestos; cuando su camisa está muy sucia, la lava en alguna laguna al hacer un alto. Todas sus provisiones caben en su sombrero; consisten en tabaco y papel para liar cigarrillos, una bolsita de yerba, un mate, un juego de naipes y un eslabón. A pesar de esa desnudez, el gaucho es un precioso compañero de viaje en las llanuras de América del Sur. Su admirable sagacidad en la elección de los campamentos, su increíble rapidez para encender fuego y hacer un asado, sin otro combustible que algunas matas secas, su conversación alegre, sus réplicas espirituales, la paciencia con que soporta toda suerte de privaciones y su sangre fría en medio de los peligros, hacen de él a la vez el más útil de los peones y la mejor de las escoltas. (Vol. 2º, pag. 212)

Los gauchos, la mayoría exiliados por delitos, conservan sus hábitos sanguinarios y su indiferencia por la vida; es entre ellos que se renuevan con frecuencia las riñas, donde el cuchillo juega un gran papel. Es raro el gaucho que no tenga la cara cubierta de cicatrices, lo que se explica fácilmente por sus peleas que tienen por causa un desafío, en el cual la gloria consiste en marcar al enemigo.
De inmediato se los ve sacar un enorme cuchillo de una váina que tienen al cinto, colocarse el poncho en el brazo izquierdo, levantarlo como un escudo, ponerse en guardia con notable sangre fría, buscarse mutuamente por lo general en presencia de testigos, con el objeto de herirse el rostro, porque darse una cuchillada debajo de la cintura sería considerado una traición, indigna del honor de los combatientes.
Los dos adversarios se miran con fijeza para adivinarse sus movimientos, a fin de aprovechar el momento favorable para herirse en la cara; y si, después de muchos esfuerzos de una y otra parte, la punta del cuchillo alcanza el rostro de uno de ellos, por poca sangre que salte, el duelo termina. Los dos campeones llegan a ser a menudo buenos amigos. Acontece a veces que el vencido recibe una cuchillada que le atraviesa, a lo largo o a través, todo el rostro; pero no trata de vengarse. Jugadores infatigables, los gauchos tienen sin cesar las cartas en la mano; es el juego que los lleva casi siempre a esas riñas sangrientas.
Tan indiferentes por su existencia futura como por las penas del momento, son resistentes a los sufrimientos físicos, no temiendo nunca a la muerte, lo que los hace capaces de intentarlo todo; pero cuando en ellos se descubre una aparente insensibilidad que les hace abandonar sus familias para ir a vivir más libres en medio de las hordas salvajes; cuando se los ve, con el corazón alegre, verter la sangre de sus semejantes, sin al parecer experimentar la menor emoción, ¿cómo, por otra parte, no asombrará descubrir en ellos sentimientos de una ardiente amistad que los lleva a sacrificarse por su patrón, por un amigo, y a multiplicar esos actos extraordinarios de devoción a los cuales no les asignan la menor importancia?
Su carácter es una mezcla de desprecio por todo vínculo social, de pereza, de vicios, de crueldad, de orgullo, de ideas elevadas, de coraje llevado hasta la temeridad, de abnegación de sí mismos cuando aman, así como de odio implacable cuando detestan. Habituados desde la infancia a ver derramar la sangre, a derramarla personalmente en las estancias, se acostumbran a tal punto, que ven con la misma impasibilidad derramar la propia o la de sus semejantes.
Sus diversiones son tan groseras como sus modales: la más delicada es la de amenazar con un cuchillo. Vi en Carmen (de Patagones) a un gaucho a quien un indio molestaba en una pulpería, darle sin emocionarse una cuchillada, dejarlo tendido muerto, arrastrarlo hasta el río y volver a su conversación y a su partida, sin la menor agitación, sin que los testigos parecieran impresionados y sin que le dirigieran la menor reprimenda al asesino. ¡Era un salvaje y no un hombre!

ARTESANÍAS

Obras en cuero
La población consume gran número de cueros para su uso particular: para hacer sacos, cestos y baúles; para cubrir sus carretas y, sustituyendo a nuestras carretillas, para transportar a distancias cortas toda clase de bultos; los emplean a modo de tela para sus catres; para hacer sus colchones, sus jergones, en la campaña acostándose sobre unos cueros en un rincón del rancho; en fin, los cortan en lonjas y correas de todo tamaño, para hacer riendas, lazos y boleadoras y los aplican a todos los usos que damos a la cuerda, el hilo, el piolín, etc. Casi podría decirse que no hay trabajo mecánico que no intervengan para algo, pues son muy hábiles para sacarles partido.
Los cortan con maravillosa destreza; saben descarnarlos, depilarlos, suavizarlos, dividirlos en tiras muy finas y delgadas, trenzarlos de mil modos, todo esto sin otro instrumento que su cuchillo.
Cuando un cuero debe ser cortado o aplicado a algún uso de los que acabo de enumerar, en lugar de hacerlo secar, conservándole su forma natural, se lo estira en todos sentidos hasta darle una forma casi cuadrada. Se obtiene así lo que en el país llaman cueros redondos. También se aprovecha el cuero fresco cortado en tiras, para usos más groseros; por ejemplo, para atar las piezas del armazón e una casa del campo; para fijar los tablones o el envarillado de las paredes, cuyos intersticios deben luego llenarse de tierra, e incluso para atar los postes que forman los corrales, en los lugares donde no se teme a los zorros, ya que en los demás, por ejemplo en la Patagonia, al devorar las tiras, éstos harían inútil el trabajo.

La montura
Después de levantarse, el correntino va a su patio o al corral, enlaza su caballo, el cual por lo general ha permanecido sin comer toda la noche. Lo lleva a la puerta y lo asea un poco; luego, muy lentamente, le coloca sobre el lomo las diversas piezas que componen la silla del país o recado.
El lujo de éste consiste sobre todo en la piel de arriba, o pellón, más o menos fino según su propietario sea más o menos opulento, y en la cincha superior o sobrecincha, que debe ser ricamente bordada y adornada de vivos colores.
El jinete lleva siempre espuelas de plata macizas y pesadas. Monta a caballo, recorre las calles a pequeños trancos, da los buenos días a sus vecinos y vecinas, se detiene por así decirlo cada minuto, para decir cualquier cosa, para hacer una broma grosera a una mujer que ve a la puerta o a la ventana o que observa dentro de su casa; habla a los hombres del tiempo, de sus caballos si ellos tienen un caballo, o bien del ganado... (Vol. 1º, pag 409)

El recado, como ya lo he dicho, sirve de cama; se compone de las siguientes piezas: uno o dos cueros de oveja, o una manta grosera, que se coloca directamente sobre el lomo del caballo; una manta gruesa (sudadera) destinada a impedir que el sudor penetre y ensucie las otras piezas; una o dos mantas (jergas) de las cuales la más fina y adornada se coloca sobre la otra; una pieza de cuero oblongo (carona), cubierta de bordados y dibujos impresos y cuyas dimensiones están calculadas de manera de dejar ver el adorno de la manta que está debajo. Esta pieza se reduce, para las gentes pobres, a un cuero de vaca, cortado en cuadrilongo; por encima se extiende un aparejo (el recado propiamente dicho) cuyas cabeceras son de madera y el interior de junco, todo cubierto de cuero y adornado igualmente de dibujos impresos.
Al recado se agregan los estribos, que los habitantes usan muy pequeños, poniendo la extremidad del pie y, a veces, aprisionando una de las barras del estribo entre el dedo gordo y el siguiente.
El recado se fija sobre el caballo por medio de una cincha compuesta de dos piezas, una para el lomo y la otra para el vientre. La primera es generalmente de cuero, adornada como la carona y el recado, y la segunda, de un trozo de la parte más fuerte de un cuero de vaca pelado, o bien trencillas de correhuela de cuero de caballo depilado, igualmente fijadas por cada una de sus extremidades a una fuerte pieza de cuero, y reunidas a las otras por trenzas transversales. Las dos piezas de la cincha están unidas por medio de un gran anillo de hierro y lleva cada una, en el extremo opuesto, otro anillo semejante. El de la pieza superior sirve para atar una fuerte correa que se hace pasar al anillo de la inferior; luego alternativamente de la una a la otra cuando se cincha el caballo, lo que se hace más o menos bajo el medio vientre.
Sobre el recado se pone un cuero de oveja con su lana, teñido de azul o de negro (cojinillo o pellón); luego un cuerito curtido de vaca, adornado de una orladura impresa (sobrepellón) y sobre el conjunto, una ligera cincha de tejido de lana. Tal es la montura completa.
Cuando se viaja se coloca a veces una sábana doblada bajo el pellón. La cincha de las gentes del campo y de los trabajadores está provista de otro anillo, ubicado al lado del de la derecha de la pieza superior y destinado a fijar la extremidad del lazo o cualquier otra correa, cuando el jinete quiere arrastrar un fardo.
El aparejo lleva también sobre la parte superior, numerosas correitas que sirven para atar objetos menudos que se llevan durante el viaje: allí se ata la lanza, cuando no se usa, y algunas veces, también las boleadoras, aunque por lo común se cuelgas de la cintura.
Los estribos de los pobres son de madera, de hierro o de latón; los de los ricos son de plata y, por lo general, de un trabajo pesado y grosero.
El jinete coloca en el pescuezo de su caballo un gran anillo de cuero trenzado (fiador), al cual se une un anillo de hierro o de cuero, que sirve para colgar las trabas (maneas) y fijar la larga correa o cabestro, por medio del cual se ata el caballo al ronzal para que pueda comer, en los altos que se hacen en pleno campo.
El freno es siempre de hierro y por lo común está provisto de dos ruedillas de plata. La barbada, bien distinta de las nuestras (las europeas) es un gran anillo que cubre la quijada inferior. La testera (bozal) está generalmente adornada de pequeñas piezas de plata; es la parte en que la gente rica del campo, a la manera de los indios, prodiga todo su lujo.
Las riendas son generalmente de trenzas de cuero de caballo y se asemejan por la forma a la que nosotros llamamos a la húsar. Están también provistas de anillos y de cañitas de plata y se ven todavía algunos antiguos arreos con un pretal cubierto de análogos adornos.
La gente del país usa estriberas muy alargadas, de manera que la punta del pie se incline hacia el suelo. (Vol. 2º, pag. 70-71)


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