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Argentina, de del 2007-06-07  

El Gaucho: Sus Usos y Costumbres - 4º Parte 
Vistos por el Naturalista Alcide D’Orbigny (Extractado de la obra VIAJE POR AMÉRICA MERIDIONAL – 1826 a 1833) compilación de Antonio Beorchia Nigris
Tiempo de lectura: 5' 10" | 13660 lecturas.
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EL CABALLO

Tareas de a caballo
Los vi llegar a tierra donde los caballos fueron empleados en arrastrar árboles enteros, del centro a la periferia de la isla, por medio de un cabo atado a la cincha, no haciendo fuerza con el pecho, tal como en Francia, sino con el vientre; y como sus conductores se habrían cansado mucho de seguirlos a pie, los montaban, aumentando considerablemente la carga de los pobres animales. En esas comarcas (Corrientes, Misiones) donde abundan los caballos, se los cuida poco; pueden darse por contentos si su dueño no los deja atados dos o tres días a un poste, sin darles de comer. (Vol. 1º, pag. 121-122).

Nunca se trasladan a pie
Si las campanas del Ángelus se lo anuncian en medio de una conversación, se interrumpe, como todo el mundo, para rezar y vuelve enseguida a su morada; si está en camino, suspende la marcha, porque sería un pecado caminar mientras la campana suena tres veces. Entra entonces en su casa, donde el almuerzo lo espera. Desciende de su caballo y lo desensilla; no camina dentro de la casa a pie, aunque tuviera que dar diez pasos. Hasta el último de los pobres posee caballo siempre. Ir a pie sería un deshonor. Sólo les es permitido a los extranjeros. (Vol. 1º, pag. 411)

Los correntinos preferían los caballos petizos
Éste (el caballo) es tanto más pequeño cuanto su dueño es más rico. Era en Corrientes una moda y un furor, durante mi permanencia (en 1827) tener caballos petizos o enanos. Lo que en otra parte parecería ridículo era un signo de riqueza en la ciudad, porque esos caballos solo servían para pasear por las calles y no para los viajes por el interior de la provincia. (Vol. 1º, pag. 414)

La caza de baguales en Entre Ríos
La miseria obligó a los pobladores a hacerles una guerra a muerte (a los caballos cimarrones). Se comenzó con cazas ejecutadas por gran número de personas reunidas, cuyo resultado era, principalmente, la posesión de la crin y del cuero de los baguales, que luego se comerciaban en Buenos Aires. Esos hermosos rebaños animaban las ricas campañas y cada una de sus yeguas madrinas conducía una tropa, defendiéndola de la aproximación de las otras; y, para aumentarla, aprovechaban todas las oportunidades de alzar las tropas de yeguas domésticas. Se las veía llegar arrogantemente frente a cualquiera que penetrara en la campaña para reconocerlo y huir en medio de los bosques con velocidad de flecha, corriendo tan ligero y con tan pocas precauciones que muchos se rompían la cabeza en los troncos de árboles ubicados frente a ellos...
Todos esos nobles habitantes de la llanura han desaparecido; no queda más que el recuerdo de la caza cruel de que los hicieron objeto los habitantes. Éstos se reunían en gran número, construyendo previamente en un lugar aislado un inmenso corral, a la entrada del cual se colocaban dos hileras de empalizadas divergentes, que se extendían a lo lejos en la campaña y parecían, fuera del corral, un inmenso embudo. Una vez terminados esos preparativos, los cazadores recorrían el campo a caballo, cercaban las tropillas de esos caballos salvajes, las perseguían, tratando de hacerlas entrar por una de las bocas de ese cono y una vez que lo conseguían, formaban tras ellas una valla cerrada, de manera de impedirles retroceder.
Las obligaban así a acelerar su pérdida, al estrecharse el cerco a medida que avanzaban. Los jinetes, armados de una lanza, empujaban cruelmente a los caballos, y allí hombres provistos también de lanzas procuraban herir a cada uno de ellos, que enseguida iban a expirar en las cercanías.
Una vez introducidos todos, se cerraba el corral; se mataban a todos aquellos que habían sobrevivido a la masacre previa; luego, los cazadores se dedicaban a cortar la cola y la crin de sus víctimas y a veces a desollarlas. Ese género de cacería, repetido a menudo, disminuyó en mucho el número de animales salvajes. Fueron reducidos casi a nada; una epizootia destruyó los que quedaban y hoy apenas si existen algunas tropillas. (Vol. 1º, pag. 476)

Características del caballo criollo
Los caballos de las provincias del Plata son de tamaño mediano; no se hace distinción de razas y no existe la menor emulación para perfeccionarlas; por eso escasean los caballos con buenas formas; los de Chile gozan de gran reputación; su pelaje más común es el colorado que, por diversos matices pasa del colorado vivo al colorado oscuro; hay también muchos caballos bayos, alazanes y grises; los negros son muy raros.
Los habitantes emplean gran número de nombres para distinguir los pelajes y hasta los menores signos. Una de las variedades notables es la de los petizos, y una monstruosidad bastante común distingue a los que tienen doble casco, colocado a la altura del cuartillo y algo detrás; es una especie de segundo pie, más pequeño que el otro y no llega al suelo: algunas veces solo lo tienen dos patas, pero más a menudo las cuatro.
Los caballos salvajes, que había antes en gran cantidad en los campos desiertos de la provincia, al sur del Salado, han desaparecido casi por completo, así como en las otras provincias.
Es muy notable que casi todos los caballos de los indios Pampas sean picazos (rojo y blanco) y manchados de una manera rara, con muchas manchas; mientras que esa variedad es muy rara entre los de los criollos.
Los asnos y las mulas son raros en los alrededores de Buenos Aires; estas últimas no se crían como en las otras provincias, lo que los habitantes atribuyen a la blandura del suelo, que hace crecer sus cascos de manera extraordinaria y las hace casi inútiles para el servicio; por la misma razón se las denomina chapinas. (Vol. 2º, pag. 79)

Maneras de retener un caballo a campo traviesa
Cada jinete puso a pacer su caballo, pasándole un lazo por el cuello, o más bien una larga correa llamada maneador, cuya otra extremidad se fija en tierra. En un país donde no se encuentra un solo arbusto para hacer una estaca, esto parece muy difícil; pero la gente de la campaña, obligada a suplir todo lo que le falta, nunca se siente embarazada. Elige un gran montón de hierba al que ata el maneador con un nudo muy fuerte, que no se deshace nunca; sin embargo ese método no carece de peligros, porque los caballos, espantadizos por naturaleza, se asustan fácilmente de noche y pueden, por un esfuerzo violento, arrancar de raíz la mata a la que están atados; entonces parten vientre en tierra, arrastrando la mata de hierba con ellos, y como el ruido que hace al frotar las otras hierbas contribuye a redoblar el miedo, nada puede detenerlos y es muy raro que se puedan atrapar esos caballos.
Los gauchos emplean otro procedimiento más seguro y más ingenioso: cavan con su cuchillo un agujero vertical de cuatro centímetros más o menos de diámetro y veinte de profundidad; en la extremidad del maneador hacen un gran nudo que colocan en el fondo del agujero y luego lo llenan de tierra, que apisonan con el cabo del cuchillo. Tirando verticalmente el maneador, es muy fácil arrancar el nudo, pero el caballo solo tira horizontalmente y la correa se rompe antes de ceder. Cuando se trata de un lazo, el anillo de hierro que tiene reemplaza al nudo. Es una de tantas ocasiones que el cuchillo resulta indispensable al hombre de campo y no hay un instante en la jornada en que esa ocasión no se renueve; por eso nada cuidan tanto cuando van de viaje, ninguna pérdida sienten más como la de ese utensilio. Son capaces de pasar medio día en un lugar donde suponen haberlo perdido o dejado y por último emplean el método al cual siempre recurren en semejantes casos: prenden fuego a los campos, cuando la hierba es bastante seca para permitirlo. (Vol. 2º, pag. 102-103)

Nuestros caballos fueron colocados alrededor de nosotros en la plataforma, y los que conformaban nuestra reserva atados de dos en dos por el cuello (acollarados); se pusieron además las maneas a las patas delanteras de uno de los caballos de cada par, de manera que el animal libre no estuviera en condiciones de alejarse mucho y el otro de arrastrar a su compañero. Tal es el método que se usa para retener una tropilla en medio del desierto, pero, cuando hay una yegua madrina, basta ponerle a ella las maneas, con la seguridad de que sus compañeros no la abandonarán. A pesar de todas esas precauciones, suceden a menudo accidentes que ponen a los viajeros en dificultades... (Vol. 2º, pag. 139)

ESTANCIAS

Peones de estancia
Cada establecimiento posee cierto número de bueyes de labranza, vacas lecheras y caballos de silla, porque los peones jamás van a pie. Estos ganan cinco o seis pesos mensuales. Reciben alimentación pero no albergue y deben proveerse de caballos; todas las tardes, apenas terminado su trabajo, se van a sus casas o a las de sus amigos o vecinos, sea a pulsar la guitarra, sea a bailar el cielito, sea en fin a jugar, que es su pasión favorita. Por lo general en las chacras se hallan bajo la vigilancia del propietario o de un regente llamado capataz, que también trabaja mientras dirige las tareas de los otros y tiene asimismo a su cargo el cuidado de los caballos y de los bueyes. (Vol. 1º, pag. 141)

El rodeo y la yerra
Llegó la hora en que debían empezar los trabajos del día. El capataz de Yaguareté Corá se ubicó a un lado de la salida (de un gran corral), junto con varios estancieros, para contar los animales mayores de un año; del otro, varias personas contaban los terneros menores de esta edad. Se abrió la estrecha tranquera y los animales empezaron a salir, cosa que hicieron espontáneamente, durante un tiempo prolongado; pero en cuanto no se sintieron apretujados, rehusaron hacerlo. Entonces diez o doce jinetes entraron y rodearon el ganado por pequeños grupos que arreaban hacia la salida, forzándolos a franquearla; pero a menudo, espantados por los mugidos de esa reunión fortuita, los animales se les escapaban, corriendo sin rumbo por el corral y profiriendo mugidos también ellos. Un buey viejo, más experimentado, estuvo haciendo durante largo rato un manejo singular que resultó muy útil a los hombres que desempeñaban aquel menester. Había salido del recinto seguido por muchos otros, y volvía a entrar y salir sin cesar, llevando tras de sí cada vez, cierto número de sus compañeros. Al verlo repetir la maniobra me preguntaba si semejante conducta no significaría algo más que instinto...
La operación se prolongó hasta el atardecer.
Tenía la cabeza cansada por el tremendo ruido que había soportado durante toda la jornada. Hay que figurarse, en efecto, la barahúnda causada por seis mil cornúpetos amontonados, sin comer, en el mismo lugar: toros mugientes que libraban sangrientos combates por la posesión de las vaquillonas; asustadas vaquillonas mugiendo a su vez sin poder escapar; terneros separados de sus madres, que las llamaban con agudos gritos; vacas inquietas por sus terneros que no podían encontrar... Ruido ya infernal, seguramente, pero que lo fue mucho más cuando el potrero quedó semivacío, porque entonces con frecuencia las crías estaban adentro y sus madres afuera y muchas vacas acometían con furor los postes del cerco, para tratar de unirse a los terneros.
A medida que salía el ganado, varios hombres a caballo formaban a su alrededor un gran círculo o rodeo en el campo, para impedirles dispersarse. De lejos se veía a estos hombres, siempre galopando, envolverlos y obligarlos a quedarse en el lugar; pero a medida que los animales que salían se precipitaban mugiendo al grueso del rebaño, gradualmente crecido, los guardianes tenían que extenderse de más en más; de manera que una superficie de casi una legua fue pronto cubierta de cabezas, lo que daba a todo el establecimiento un ruidoso aspecto de vida. Los mugidos de tantos animales, los gritos de los jinetes, todo me parecía novedoso; todo era espectáculo para mi...
Como al día siguiente tendría lugar otra ceremonia, la de marcar el ganado, se hizo entrar de nuevo en el corral a todos.
El 1º de julio todos los vecinos atraídos por la yerra estaban a caballo, dispuestos unos a enlazar, otros a retener un pequeño número de animales cerca del lugar donde se marcaría. Quince o dieciséis hombres de a pie, con sus lazos, se preparaban a enlazar por las patas los animales destinados a ser marcados, operación llamada pialar en el país. Muchos marcadores calentaban los yerros que tienen las marcas de los distintos propietarios, y finalmente varios otros hombres estaban ahí, encargados de mantener quietos a los animales durante la faena de castrar los toros jóvenes. Se hizo salir del potrero un número escaso de animales, entre los cuales los jinetes eligieron a los que aún no habían sido marcados; luego obligándolos a huir con sus gritos y golpes de lazo, los perseguían a todo galope... Así lanzado el jinete hace girar el lazo sobre su cabeza y cuando se considera a tiro despide la correa que rodea con su nudo corredizo los cuernos del animal. Al mismo tiempo frena su caballo y le hace presentar el flanco al toro enlazado. Éste, detenido de golpe en plena carrera, cae en general por efecto del mismo choque, en tanto que el caballo se dobla en sentido contrario para resistir mejor. Mugiendo, el toro gira alrededor del hombre tratando de escapar, pero es inútil; el jinete tiene buen cuidado de oponerle siempre el flanco del caballo y mantener tenso el lazo a fin de no ser desmontado por las terribles sacudidas que le imprime el animal; maniobra cuyo peligro es fácilmente concebible. No obstante el toro, cada vez más irritado, se agita y brinca. Hombres de a pie tratan entonces de enlazarle las patas traseras y al lograrlo se dejan arrastrar hasta que la acción del lazo, combinándose con la propia, haga caer al animal vencido. Luego los mismos hombres lo mantienen tendido e inmóvil, aguantándolo por los cuernos unos y por la cola otros; otros, en fin, oprimiéndolo con todo el peso de sus cuerpos; mientras tanto el marcador acude con su hierro enrojecido, se lo aplica en el anca, en medio del costillar o en el lomo, según la costumbre de su respectivo propietario, sin dejarse impresionar por los mugidos del animal ni por los esfuerzos que hace por zafarse.
Esta marca tiene por lo general las iniciales del propietario, ornada de florones destinados a diferenciarla de todas las que se le podrían asemejar. En cada provincia, los pobladores de la campaña, cuya memoria está enriquecida por estos signos, los distinguen hasta de lejos, con extraordinaria sagacidad.
Terminada la operación se soltaban las terneras; no así los toros que debían pasar por otra no menos dolorosa, la castración, consistente en extraerle los testículos, el cordón y todo... Luego se levanta furioso el animal; a menudo trata de lanzarse sobre quienes acaban de mutilarlo; pero éstos, que ponen gran sangre fría en su trabajo, eluden el peligro con ligereza extrema, obligando al animal, con golpes de lazo, a alejarse. Los marcadores están continuamente expuestos a la muerte, lo que no les impide reirse de los peligros inherentes a sus actividades, cuyo ejercicio constituye para ellos el mayor placer y que muchas veces practican sin otro interés que el de mostrar su destreza. Las operaciones duraron seis días consecutivos, sin que los campeones se cansaran de ese ejercicio un poco bárbaro. ( Vol. 1º, pag.177 a 179)

Estancias de Buenos Aires
Las estancias son las tierras de mayor extensión, destinadas a la cría de ganado. Las de la provincia de Buenos Aires son las mayores y las mejor administradas. Estuvimos en una de ellas, pero solo hablaré de las diferencias que tienen con las de Corrientes.
Los alojamientos están distribuidos de la misma manera; las casas están por lo general encerradas en un espacio cuadrado, rodeado de fosos y defendido por una o dos piezas de cañón; uso introducido después de las últimas invasiones de los indios. Éstos, aunque están algo familiarizados con el efecto de las armas de fuego, temen siempre mucho al cañón y osan muy raramente franquear los fosos de las casas donde los dueños aparentan querer defenderse. .................................
Cerca del cuadrado que contiene los edificios, se hallan una, dos o tres construcciones más, destinadas a encerrar los animales, que llevan el nombre de corrales, rodeos o potreros. En las provincias donde abunda la madera, se los rodea de fuertes estacas unidas por travesaños, y a menudo se les da una forma circular. En Buenos Aires donde ese artículo es tan raro, se lo sustituye por fosos, lo que tiene la ventaja de ofrecer seguridad contra los salvajes.
El ganado criado en las estancias de Buenos Aires consiste en vacas, en caballos y en ovejas: en las primeras a causa del valor de sus productos, se da más importancia a la multiplicación y su número es mayor.
Lo mismo que en Corrientes, las yeguas sólo sirven para dar los caballos necesarios a la explotación de la estancia. La crianza de vacunos es la misma y puede decirse que son, en cierto modo, salvajes. (Vol. 2º, pag. 80)

COSTUMBRES DEL GAUCHO

La bendición familiar
Me había sorprendido una costumbre, introducida sin duda por los jesuitas en esas regiones sometidas durante tan largo tiempo a su dominación, o quizás perpetuada desde la conquista. A todos los que pasaban a mi lado, aún al galope, había oído gritarme, descubriéndose: ¡La bendición señor!, siguiendo luego su camino, a menudo sin esperar su respuesta. Mi compañero de viaje hízome saber que se trataba de un uso establecido en el país, con otros muchos que más tarde conocería, desde los primeros días de la conquista, y que a este requerimiento de bendición se debía contestar: la tiene usted para siempre.
Ulteriormente advertí que la pregunta la dirigía siempre el más joven al mayor, o el inferior al superior, lo que en sus orígenes la convertía en algo más que una mera fórmula de cortesía, aunque hoy día no represente nada más.
Nos dirigíamos a una casa sola, distante una legua de San Cosme, conocida por mi compañero de viaje, donde debíamos pedir hospitalidad. Al llegar, Parchappe, acostumbrado a los usos locales, se puso a gritar en la puerta: ¡Ave María!, a lo que el propietario respondió abordándonos: ¡Sin pecado concebida! De inmediato nos invitó a apearnos y fuimos recibidos con la franca bondad que caracteriza a los habitantes de aquellos campos. A medida que los niños de la casa, o los sirvientes, entraban en la pieza donde nos hallábamos, venían a pedirnos la acostumbrada bendición. (Vol. 1º, pag. 145-146)

Velorio de un angelito
Quiero referirme al velorio. En cuanto muere un niño de corta edad, y esto se acababa de producir en una casa del pueblo (San Roque en prov. de Corrientes), un alma aún sin mácula –dicen sus padres- un ángel va al cielo. Erigen un altar doméstico, donde colocan al niño vestido con esmero y lo rodean de cirios encendidos; vecinos, amigos e incluso todos los que se enteran de la noticia, invitados o no, acuden enseguida a la casa del velorio; extraños y parientes, indiferentemente, bailan el cielito y demás danzas del país, beben aguardiente, fuman, toman mate, todos locamente alegres. Así pasa la noche, en la exaltación del regocijo.
Al día siguiente se presenta el cura a buscar el cuerpo del niño para el entierro, lo que hace escoltado por lo menos por un violín, como en algunas bodas rústicas de Francia; entonces la madre que la víspera cantara y bailara igual que los demás, recordando por fin que ha sido madre, se desespera, llora, grita, aturdiendo el villorrio, hasta que el cansancio y el recuerdo de la noche precedente, extinguen y secan sus lágrimas.
Estas fiestas congregan, generalmente, a los habitantes de dos leguas a la redonda. Las he visto en Corrientes, las he visto en el interior de Bolivia; se practican inclusive en Colombia donde se llega a pedir prestado el cadáver de un párvulo que a menudo pasa de casa en casa hasta haberse descompuesto. (Vol. 1º, pag. 170)

Traslado de los presos
Tres días de marcha me llevaron a Corrientes, sin otro accidente digno de mención que el encuentro con unos ladrones célebres en el país, que llevaban a Corrientes después de haberlos capturado en el sur de la provincia. Los bandidos son raros en la campaña septentrional de la región, donde todavía reina la buena fe. Estos venían de Curuzú Cuatiá, el pueblo más austral de la provincia, donde los habitantes ya cambiaron de costumbres, adoptando para su desgracia las de Entre Ríos.
Los miserables iban a caballo, mantenidos en la posición correspondiente por una barra de hierro que pasaba por las piernas y aseguraba un candado. Además llevaban esa especie de chaleco de fuerza que en el país se pone a los presos de cuidado, pero que no deja de ser bárbaro. Consiste en un cuero de buey, aún fresco, con que se los envuelve al arrestarlos; al secarse, este cuero se contrae de manera que los infelices se encuentran pronto como prensados, sin poder efectuar ningún movimiento ni alzar los brazos hasta la cabeza. Con frecuencia llegan a su destino con los brazos hinchados por la interrupción producida en la circulación de la sangre. A su llegada a la prisión se les saca el chaleco, cortándolo con un cuchillo. Cuatro o cinco hombres llevaban el grupo, sin otro armamento que una mala lanza y varios sables; ninguno tenía fusil. (Vol. 1º, pag. 207)

El baile
La sala del baile no estaba siquiera embaldosada; la tierra haría las veces de piso encerado. Su moblaje consistía en bancos adosados a las paredes y la iluminación en algunas velas que daban una turbia luz, amortecida por la coloración oscura de las paredes.
Al atardecer, desde las siete ya tenía a las quince o veinte damas de Itatí. Todas se ubicaron en los bancos y pude notar que si bien algunas se habían puesto zapatos para venir a bailar, otras se habían olvidado las medias. Todas fumaban más y mejor y ninguna retrocedía ante el vasito de aguardiente, lo que ya no me sorprendía... por ser costumbre del país. Se bailó el alegre cielito durante el cual se unía al sonido instrumental el canto de una o varias personas que entonaban las coplas más intencionadas.
Durante esta danza tan vivaz, los bailarines hacen sonar los dedos, imitando el sonido de las castañuelas. Siguió al cielito el grave minué, pero el baile más lindo fue el minué montonero que unía las serias características del género con figuras graciosas de la contradanza española. Se bailó toda la velada. La reunión parecía muy divertida y lo que al parecer contribuyó más a alegrarla fue que, tras largos requerimientos, se consiguió hacerme bailar un cielito, durante el cual mi torpeza para mantener alzados los brazos y castañetear los dedos, produjo infinito regocijo a la honorable concurrencia; el señor cura, que se sostenía el vientre con ambas manos para reír mejor, hízome el honor de asegurarme que nunca se había divertido tanto. Los hombres estaban en chiripá o en calzoncillos, y casi todos descalzos. A las dos de la mañana se retiraron los invitados, no sin haber cantado reiteradas coplas sobre la despedida.

Tareas de la mujer en su hogar
Una mujer, aunque pertenezca a la mejor familia, se ocupa en su casa de todo aquello que corresponde a su sexo. Cocina el pan que sus criados venden luego por la calle; fabrica el jabón y las velas; hace confituras, pastelitos, tortas, que manda a vender; o bien se ocupa noche y día de confeccionar cigarros, tanto para venderlos por las calles cuando tiene necesidad de dinero, como para exportarlos a Buenos Aires.
Ella también hila, teje y borda las camisas y calzoncillos de los hombres, los vestidos de los niños y los suyos propios; amamanta a sus hijos; buena madre y buena esposa, reparte sus horas entre los trabajos de su industria y las funciones de madre de familia; en una palabra: la mujer de Corrientes es una sirvienta muy humilde de su marido, su esclava y, muy a menudo, su sostén; mientras él permanece ocioso y se cree deshonrado si se aplica al menor trabajo mecánico. (Vol. 1º, pag. 427)

Cazando ñandúes
Hacía algún tiempo que todos marchábamos en silencio, cuando se mostró una pequeña familia de avestruces; de inmediato todos los cazadores se lanzaron al galope tras sus rastros. Se ofreció entonces un espectáculo de lo más animado. Las pobres aves apresuraban su carrera lo más posible y franqueaban en un segundo una gran distancia.
Los cazadores experimentados, sabiendo que si no se acercaban al ave en el primer momento de ímpetu del caballo, debían esperar más tarde para verla, lanzaron sus corceles a toda velocidad posible. Cuando están a doce o quince pasos se los ve inclinarse hacia delante, estimular a su cabalgadura con las espuelas, hacer girar el arma sobre la cabeza y arrojarla luego para alcanzar al ñandú. Si yerran, bajan sin detenerse, recogen sus boleadoras y las arrojan otra vez; pronto diez de esas armas lanzadas por varios cazadores, rodean el cuello y las alas del avestruz, el que, rodeado por los caballo, aparece en medio de los cazadores y hace entonces continuas fintas, zigzags, para sustraerse a la persecución y a los tiros de boleadoras, tratando así por medio de aletazos a derecha e izquierda, de picar al caballo con una especie de uña terminal de que está armada su ala, y de espantarlo, lo que sucede a menudo, porque se siente en situación desesperada, se precipita entre las patas del caballo, el cual de miedo arroja a veces su jinete a tierra. El ave huye entonces en línea recta, pero otros cazadores la esperan, y acosada de boleadoras, termina por recibir una que arrollándose alrededor de sus patas, la hace caer.
El vencedor desmonta enseguida y como signo de su victoria, la mata y le corta las alas, que ata a la cola de su caballo, reanudando su carrera. El campo de caza presenta un raro aspecto: los avestruces espantados huyen como el viento delante de los cazadores; éstos galopan en todas direcciones; los gritos de alegría de unos, los aplausos de otros, animan momentáneamente ese campo, un instante antes tan calmo y apacible.
Ya más de diez avestruces habían caído en nuestro poder; en el ardor de la acción, en su alegría, los cazadores mutilaron a todos, según su costumbre, sacándoles las alas para adornar sus caballos... (Vol. 2º, pag. 424)


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por María Cecilia Pisarello
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