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Argentina, 02 de Enero del 2008  

Tradiciones ¡Ahí vienen los gauchos! - 2º Parte 
Se estima que más de 160.000 argentinos hacen su trabajo a caballo, en el campo y, en lenguaje estricto, ellos deberían llamarse gauchos. Pero esa palabra vale también para nombrar a un arquetipo que -por fortuna- está vivo en nosotros.
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El de los Andes

Adolfo Caballero es de Iglesia, al pie mismo de los Andes sanjuaninos. "Dejé el pago de muchacho -cuenta- para ir a estudiar a la capital de la provincia y allí la nostalgia empezó a ser terrible. Poco después me agencié un caballo y, como obligado, descubrí que la equitación era casi lo mismo que ya hacia de chico. Cuando me recibí de abogado pude empezar a alternar con más largas estadas en Iglesia." Caballero está acompañado por su compadre Nale -hombre que se confiesa como desubicado en ropa de ciudad- y un poco a dúo cuentan que, un sobrino, al ver al Negro en la Plaza de Mayo con sus pilchas de gaucho le preguntó: "Tío, ¿no te da calor salir a la calle así vestido?" Y Caballero, sonriente, confirma: "Y no, mire, cómo iba a explicarle que cada día me da más orgullo. En San Juan, tanto 'serranos' como ‘vallistas’ nos sentimos tan gauchos como los de las pampas; tenemos una asociación en cada departamento de la provincia. Y vea que no es barato vestirse ‘así’; además, están el caballo, el apero, algún lujo. Pero más difícil es demostrar que se es gaucho, porque, por ejemplo, allá tenemos boleadoras que son un primor. Bolear en pendiente, se suba o se baje, es cosa de otra geometría. Habrá visto que usamos cuchillo mas cortón, porque uno como el que lleva el comodoro nos tropezaría con la silla. Y cargarnos otro más chico, el verijero, que es para comer, aunque malas lenguas digan que es para caso de apuro, como la Derringer de la bota del cowboy. Es que San Juan es tierra de leyendas. ¿Conoce la del José Dolores? ¿No? Uh, es casi tan popular como la de la Difunta Correa y hasta se le hacen promesas y ofrendas, como a ella. Este tal José Dolores dicen que fue un gaucho alzado, una especie de Robin Hood, que robaba a los ricos y ayudaba a los pobres".
Ya está de vuelta el comodoro Güiraldes y, obligadamente, enhebra el tema de los "gauchos malos", que había quedado en el aire. Se adivina que la historia del José Dolores no le va demasiado mal, el presidente sonríe. Pero un poco después puede sonar terminante al prevenir: "De lo que hay que cuidarse es de la leyenda del gaucho resabiado, de los vagos y malentretenidos, de los Moreira. Entre el vano y el trabajador, como entre el estanciero decente y el vil explotador, existen diferencias que siempre señalare. No podemos aceptar la descalificación del gaucho, porque ello implicaría la anulación del pasado y surgiría un interrogante. Si no es el gaucho ¿entonces qué? ¿Cuál es el arquetipo que puede sustituirlo con verdadera realidad?"
Y continúa el comodoro su alegato: "El gaucho es un hombre parejo, como decimos en el campo, alguien que cultiva fielmente la amistad y confía en la palabra dada. Si tuviéramos que juzgarlo en términos actuales habría que convenir en que no es precisamente un servidor de la sociedad de consumo. Es, en cambio, alguien que sabe diferenciar entre superior y subordinado, entre humilde y humillado, que cultiva el patriotismo sin alardes y es remolón al sectarismo político. Que maneja el idioma con propiedad y estilo, que es poeta y músico, autor e intérprete, que es bailarín. Que respeta a la mujer y es sobrio y firme en el amor. Y tiene -lo dijo mi tío Ricardo Güiraldes- un estilo para moverse que implica estética, educación y respeto de sus propias actitudes".
El presidente de la Confederación continuó aún listando virtudes gauchas que considera arquetípicas; "El desinterés, la generosidad, el agudo sentido crítico, la fe en sí mismo, la audacia, el orgullo de las propias virtudes, el culto del Coraje, la suficiencia para no pedir y bastarse a si mismo, la norma de no contraer deudas, el abominar de los papeles (cabe decir: ¿no le di ya mi palabra?), el no consumir más do lo que produce…” Lo demás, claro, y a está en la historia. Han sido capaces de atravesar selvas y desiertos, vencer cumbres y navegar ríos, sufrir calor, lluvia, nieve y viento para dar a otros libertad y prosperidad. Y resume J. J. Güiraldes: "Cualquier gaucho es capaz de llevar el mensaje a García". El trabajo de la Confederación Gaucha Argentina es una tentativa de retorno a las fuentes. Su primera gran convocatoria fue hace tres anos con el Fogón de los Tres Centenarios. (1886 fue año de la muerte de Hernández, del nacimiento de Ricardo Güiraldes y de la Sociedad Rural Argentina.) En el fogón conmemorativo ardieron leños traídos de todos los rincones del país: de lapacho formoseño a lenga fueguina, nogal salteño junto con eucalipto de Buenos Aires. Las cenizas de aquel fuego fueron guardadas en un cofre que está ahora en la sede de la calle Florida. El valor de ese símbolo es, potencialmente, todavía mayor por lo que es capaz de generar. Todas las provincias tienen ya una federación gaucha, que, a su vez, congrega grupos de departamentos y localidades. La Agrupación Tradicionalista Gauchos de Güemes, de Salta, conserva su identidad, pero comparte objetivos con la Confederación. De todo esto hay detalle minucioso en los excelentes boletines que la breve ausencia del comodoro ha dado ocasión al cronista de examinar. Y todavía ha quedado tiempo para conocer, un poco como al pasar, a quién es el presidente de una de las federaciones provinciales. Para ser consecuentes con la línea trazada, debería ser presentado como

El de la selva

Es de Apóstoles, Misiones. Se llama Gabriel José Tarnowsky, le dicen “el Toto Tarnowsky”. Pesa unos ciento diez kilos, lo cual unido a su barba increíblemente tupida lo hace todavía más imponente que aquel Bud Spencer que solía acompañar a Trinity. Pero, claro, nada que ver, este personaje es autentico, y gaucho. Por lo mismo, es más bien lacónico, lo que no contradice cortesía ni disponibilidad. Lo mismo que su apellido eslavo - el materno es vasco, Cazenave – no modifica sino que convalidad esa puerta abierta que es la gauchedad. “Nuestra Federación ya cumplió su primera década y aquí estamos, ¿qué más puedo decirle?” Algunas cosas interesantes están a la vista. Ni ropaje ni aperos se parecen a los del llano o la sierra. “Ah, sí. Por allá usamos el recado grande –informa y señala a su caballo- ¿ve? Mucha suela, ningún chapeado. También se usan pellones generosos, por el calor.” Luego, levanta apenas un pie y deja ver que “no usamos betas, sino canilleras, polainas, que van sujetas a la alpargata. Trabajamos además con ganados muy particulares, casi siempre cebúes medio disparadores. Así que en los arreos es necesario el ‘puntero’, porque una de las preocupaciones es poder mantener la hacienda a ritmo y llegado el caso, frenarla. Vuelve don José Gabriel al mutismo. Se adivina que le preocuparía menos montar un bagual que afrontar esta entrevista. Sin embargo, al mencionarle la música, una pronta sonrisa se hace picada en su barba selvática y Tarnowsky confirma: “Y claro, pues, que somos chamameceros”. Ya de buen humor, acaso porque está viendo acercarse al comodoro Güiraldes, hasta comenta: “Esos sombreros, como el que usa el, los llamamos en Corrientes ‘de patrón’…”
Güiraldes seguramente lo sabe, como sabia que en Cuyo su poncho sería un “caburero”. Se intuye que este hombre sabe todo lo que puede saberse sobre el gaucho, pero le gusta aclarar: “¡Ojo! que nosotros no somos el entomólogo, somos el bicho”. Modo metafórico, pero rotundo, de confirmar que su comunión con lo gaucho es como aquella de la que dejo líneas tan memorables su tío Ricardo, el autor de Don Segundo Sombra. El objetivo encarado por la Confederación Gaucha Argentina es de la misma inspiración, se encamina a que, a caballo o de a pie, en campo o en ciudad, cada vez más argentinos vuelvan a sus fuentes. No hace falta ser jinete para sentir lo gaucho: no es cuestión de hípica sino de épica, no se trata de preservar una “etiqueta” sino una ética. Eso es lo que se aprende de un nuevo tramo de conversación con el atareado comodoro, a veces dentro, a veces fuera de “las casitas rosadas”.
Todavía hubo tiempo para referencias poco corrientes acerca del gaucho. Por caso, que “no es xenófobo, se interesa y valora lo bueno del forastero” (¿ve la hoja del cuchillo? Es Solingen, suele decir). Y cuando la moneda y los tiempos fueron confiables el gaucho supo ahorrar, (“Los que no saben guardar / son pobres aunque trabajen.”) Acota el comodoro que el gaucho, al conchabarse, sabe preguntar “si puede tener caballos”, porque “si hay diferencias, es fulero irse de a pie”. Es por lo mismo que a sus caballos –a veces tropillas- gustaba recortarles la cola “pa’que vean que no es del patrón”. Y viene a cuento un breve dialogo con un gaucho de Areco, que andaba por allí. Conto que le había llevado cincuenta años completar sus lujos y su chapeado, comprando “de a monedita de plata”. El hombre tenía ya sesenta y siete años. A lo mejor se trata de juntar cada día una moneda de fe en lo nuestro y defenderla. Acaso sea útil la guía de unos versos sencillos del propio comodoro Güiraldes, que abrieron la primera reunión de estos gauchos en el Fogón de los Tres Centenarios. Son palabras para “hacer punta” y las pronunció un gaucho doblemente pionero, el de la Tierra del Fuego. Entre otras cosas dicen: Es por eso que aquí estamos rodeando el fogón amigo. De lejos hemos venido pa’podernos encontrar. Nunca se debe apagar el fuego que se ha encendido. Que la patria siempre encuentra unida a la paisanada. Como Fierro reclamaba dando ejemplo a los demás. Que no ha de quedarse atrás el que con gauchos se iguala. “Ese es el desafío –remarcaba el comodoro-, igualarse con los gauchos. No hay barreras para el propósito, si es sincero.” No es mal momento para recordarlo, pero no será tan fácil la igualdad si el modelo es el gaucho que inauguró, hace tres años, esos versos. Fue el, precisamente, la persona que pasó a presentar el comodoro al cronista. “Aquí lo tiene a José Oscar ‘Cachi’ Alazard, de la Tierra del Fuego. Ah, y por favor no me lo llame ‘el gaucho del fin del mundo porque allá nada termina, todo empieza.

El gaucho al fin

Alazard empezó en la isla hace más de veinte años, llego de Pigué, tiene herencia de bretones. Pero está feliz y afincado, cumplió con la orden de Fierro: “el trabajar es la ley” y la Tierra del Fuego lo convirtió en uno de esos gauchos que, como Fierro también pedía, han llegado a “tener casa, escuela, iglesia y derechos”. Y, por supuesto, familia: el Cachi va por los cuatro hijos. Se vino a Buenos Aires con su renegrido, espectacular poncho “Castilla” y usa un chambergo casi igual a los bonaerenses, porque “en mis pagos de Rio Grande el viento no castiga tanto”. Sus pagos son dos estancias de 15.000 y 10.000 hectáreas, con casi 20.000 ovinos. Uno de esos campos linda con Chile. “El continente es más ventoso. Vea que los chubuteños llevan sombrero con doble sujeción (‘barbijo’ y ‘retranca’) y que los de Santa Cruz vienen con su verdad: la boina y los suéteres gruesos. Son tan gauchos como el que más; para ellos y para nosotros el animal precioso es el lanar, el frío y la nieve pueden ser tema de cada día.” Y cuenta que “el horario de trabajo es de diez de la mañana a cuatro de la tarde, sin almuerzo. Pero compensamos bien con las otras comidas. Somos amantes de las sopas y muy consumidores de té, de buenos tés, con todo, “Sabia formula, quizás, porque este gigantón emponchado, más allá de su barba rubia y sus ojos azules, hace honor a las leyendas de aquellos longilineos fueguinos primitivos que asustaban a los viajeros. Además, según las mentas, es cantor de calidad, “la voz” de los confederados. Al irse Alazard ya fue difícil recuperar, sino por breves instantes, al ajetreado comodoro Güiraldes. Había algún revuelo: se rumoreaba que el pedido de un caballo lobuno hecho por la delegación riojana podría tener que ver con el presidente de la República. Que a lo mejor se aparecía de a caballo no mas, junto a los ciento veinte gauchos de los veinticuatro pagos. Lo cierto era que el comodoro estaba en su trabajo, pero fiel al cronograma desatendiendo “trascendidos no verificables”. Eran casilleros cubiertos ya, los abrazos del reencuentro y la noche de alegría y guitarreada en “la Remonta”, pero, a esa altura, tampoco quedaba lugar para más entrevistas. Caía la tarde y, en la pista, los paisanos asumían el deber del día siguiente. Había que hacer un buen trabajo, como cualquier otro día.
El autor de Don Segundo Sombra dejó escrito que “si nada existiera en nosotros, sería nuestra obligación el crear valores por la ley moral del amor y por la ley física de horror al vacío”. Los gauchos que estábamos viendo no eran fantasmas del crepúsculo, sino seres vivos, compatriotas plenos de convicción y ajenos a terrores y vacios. Al otro día, llegado el momento, la gente agolpada sobre la avenida, en los accesos y en las graderías, se sentiría fugazmente igualada a ellos al ir corriéndose la voz, las cuatro palabras jubilosas ¡ahí viene los gauchos!

Fuente:
Ignacio Xurxo
LA NACION


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