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Argentina, 13 de Marzo del 2009  

La Argentina y EEUU: como el gaucho y el cowboy 
Hábiles con las armas, desarraigados e individualistas, llevados por el deseo de obtener conquistas y enfrentar peligros, gauchos y cowboys expresan de alguna manera el ser nacional argentino y norteamericano. Un seminario aborda las diferencias y similitudes culturales y políticas entre ambos países a partir estos personajes míticos.
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El lenguaje de los piquetes del campo es comparable al de gaucho Martín Fierro? ¿Por qué el gaucho quedó fuera del proyecto político argentino? ¿Cuánta imagen de cowboy carga el candidato presidencial estadounidense John McCain? ¿Por qué no se ven westerns con cowboys negros? Estas y otras muchas preguntas se discuten en el seminario internacional “Gauchos y Cowboys: navegando en las mitologías políticas y culturales”, que dicta el programa de Extensión en Humanidades de la Universidad de san Andrés.
Los responsables son Martín Böhmer, porteño, director del área de Derecho de la Universidad de San Andrés, y Michael Dinwiddie, de Muskogee, Oklahoma, dramaturgo profesor de la Gallatín School de la Universidad de Nueva Cork y uno de los 25 nominadores de los Tony Awards. Se conocieron diez años atrás, en la Universidad de Palermo, y hoy, con apoyo de programa de Becas fulbright y al embajada de Estados Unidos, comparten este seminario que indaga acerca de las similitudes y los contrastes de éstos dos personajes míticos que, en cierta medida, definen el ser nacional de ambos países.
El marco del del seminario es Villa Ocampo, la casona emblemática visitada en el siglo XX por intelectuales como Gram. Greene y Le Corbusier. Entrevistados por Enfoques, böhmer y Dinwiddie destacaron las similitudes de gauchos y cowboys: hábiles con las armas, ambos muestran cierta inclinación por el desarraigo. Ambos siguen solos en busca de nuevas conquistas y consiguientes peligros antes de asentarse en un rancho, conjunto a su mujer, que en el caso del gaucho es la china.
Según la reconstrucción quehacer las series, películas y ediciones de “novelas de un centavo” populares de los últimos 40 años del siglo XIX, el cowboy pudo haber tenido un pasado con algunos puntos oscuros, pero finalmente llega a un pueblo a imponer ley: se gana gratitud, amor de la mujer y el niño. Algunas veces se coloca la estrella del sheriff y por lo general decide partir a perseguir sus nuevos ideales morales, con individualismo y coraje.
“En Estados Unidos, el cowboy es un símbolo positivo, un pilar en la comunidad”, sostiene Din widdie. El gaucho, en cambio, está al margen de la civilización.
Böhmer retoma el planteo de Jorge Luís Borges: si el Facundo de Sarmiento –escrito en 1845 -es la acusación, 27 años después, el Martín Fierro de José Hernández es la defensa. Facundo muestra a los gauchos como ociosos, alejados de la sociedad. En el proyecto del país de mediados del siglo XIX –cuando las democracias no abundaban en el mundo-la dirigencia política local relacionaba el progreso con la inmigración europea.
Hernández escribió el Martín Fierro durante la presidencia de Sarmiento, como una respuesta a éste último, y desde un hotel en la Plaza de Mayo ubicado en frente a la Casa Rosada, a poca distancia de su adversario político. “Hernández responde al monólogo de Sarmiento con otro monólogo: la comunidad deja al gaucho afuera y éste reacciona como gaucho malo, porque quieren imponer orden autoritariamente. Se siente víctima y se queja, como en los tangos”, dice Böhmer.
Con una evocación en tono de lamento arranca el Martín Fierro: “ Aquí me pongo a cantar… una pena extraordinaria”. Ante la imposición del orden, el gaucho pierde su pasado idílico, que no menciona guerras ni pobrezas.
Para Böhmer, en éstos textos se refleja la constitución política. “La autoridad en Argentina se armó con el facundo y con Las Bases, de Juan Moreira, de Eduardo Gutiérrez, o desde el Martín Fierro: violando normas. Entonces creemos que la autoridad es ilegítima. Una infracción infracción concluye como un diálogo entre pares, uno hace la “gauchada” de completar el sueldo, el otro la “gauchada de no poner la multa. Desaparecen el policía y el infractor. Aquí aparece la relación de los argentinos con la ley y la institucionalidad”.

Resistencia a la autoridad

La mitología del gaucho es retomada por el peronismo, señala Böhmer, en la lucha contra el autoritarismo del blanco, del porteño.
Y reapareció en el discurso de los piquetes del campo, pocisionados como un sujeto social único. “Allí hubo apelación a la tradición gauchesca, tendencia, tendencia a ocupar el lugar del gaucho malo, resistencia ante el otro autoritario, reaccionó fuera de los marcos legales.
Para vivir en democracia hay que estar seguro de no estar en lo cierto, dar lugar al debate y el diseño. En la Argentina, el problema es que, como Sarmiento y Hernández, “estamos seguros de estar siempre en lo cierto”, sostiene Böhmer. Y no se permite la pelea: porque si entre hermanos pelean, los devoran los de afuera, como dice Martín Fierro.
Borges señaló que si el Facundo hubiera sido la obra nacional, en lugar del Martín Fierro, otra hubiera sido la suerte de este país. Pero la realidad es que la vigencia del gaucho Fierro no cede: sus versos se repiten y se sienten. El mismo Böhmer escuchó en la última edición de Pepsi Music –entre 30 mil personas- cómo se presentó el músico Andrés Calamaro citando el comienzo de la vuelta del Martín Fierro, su segunda parte: “Atención… voy en esta ocasión… a mostrarles que a mi historia le faltaba lo mejor”.
En la Argentina, la vigencia de lo “gauchesco” cotiza como producto para el turismo internacional, que degusta asados campestres con shows de boleadoras. En cambio, hacia el norte –y con la brújula de lo íconos resaltando el lejano oeste -, la mitología estadounidense rearmó una imagen de cowboys que es potente en Estados Unido. La producción cinematográfica norteamericana sigue invocando westerns. Y la gente emula la cultura del cowboy en restaurantes y bares.
En su libro The Cowboy Way, el historiador estadounidenses Paul H. Carlson los llama “pretenders”, suerte de simuladores que recrean la imagen hollywoodense de los cowboys.
En su período clásico –entre 1865 Y 1890-, los verdaderos cowboys no usaban jeans Wrangler, botas altas, sombreros de ala ancha ni hebillas gigantes en sus cinturones. Tenían en promedio unos 24 años, estaban sucios por trabajar en exceso bajo el sol.Eran analfabetos y eran un sector social postergado. En invierno, muchos combatían el desempleo con trabajos ocasionales.
El auténtico cowboy estaba mal alimentado: porotos y tocino eran parte de su pobrísima dieta. Muchos cowboys robaban ganado, tenían conductas ilegales y ni siquiera querían que se los llamara cowboys, palabra asociada entonces a ladrones o borrachos. Los historiadores -apunta Dinwiddie-aseguran que al menos un tercio de ellos eran de origen indio, hispano y africano.
Entre los muchachos cowboys de origen mexicano, los que habitaban en el sur de Texas eran llamados vaqueros. Pero a pesar de sus orígenes diversos la imagen del cowboy de los weterns y de las novelas es, de manera casi excluyente, la del hombre blanco.
En el libro The Negro Cowboy, Philip Dirham y Evertt L. Jones analizan este monopolio de los blancos como una forma de imponer una imagen de cowboy que podría ser cualquier hombre, un símbolo, un héroe folclórico norteamericano.
La evolución cultural hizo posible en 2005 la película Secreto en la Montaña, sobre la homosexualidad entre dos cowboys. Pero, décadas atrás, Dirham y Jones pronosticaban pocos cambios en este sentido. “La industria respeta la ignorancia de la audiencia,” escribieron.
“¿Quiénes son éstos imitadores que se visten con uniformes hollywoodenses representando a un cowboy imaginario?”, se pregunta Carlso. Dice el historiador que, de haber tenido la chance, esos auténticos cowboys se hubieran aliado al socialismo. Mientras que quienes imitan hoy el estilo cowboy son mayormente conservadores.
En el análisis del mito de los cowboys, Carlson – entre otros historiadores – observa que éstos vaqueros son un icono más atractivo para los estadounidenses que los misioneros, granjeros, fundadores y héroes de guerra. Aun con su imagen distorsionada, romantizada y estereotipada.
Como símbolo de libertad, acción, fuerza e individualismo, los políticos a veces buscan mostrar esa imagen de self –made man (“el hombre que se vale por si mismo”). “son los héroes que hace el trabajo duro y defienden a la comunidad”, señala Diwiddie.
Con esta imagen se posicionó Roland Reagan y ahora lo intentan los candidatos republicanos de las próximas elecciones: John McCain y Sarah Palin.
En su edición del 5 de octubre, The New York Times destacó que, en el debate entre candidatos a vicepresidente, Palin se refirió más de seis veces a sí misma y a su compañero Mc Cain como mavericks. En el lenguaje de westerns, esto alude a las vacas sueltas o libres, a aquellos que se mantienen independientes del rebaño.
Así, sostiene Dinwiddie, el desafío de Barak Obama es ser un profesor universitario, pensativo y cerebral opuesto al héroe de acción, al Maverick salvador tan arraigado en el imaginario estadounidense.
“En su política internacional, las acciones de Estados Unidos sobre Irak también hablan de una mentalidad de Maverick, de cowboy: se basan en partir de una convicción individual para llegar a una ciudad, arreglar los asuntos, eliminar al malo, y partir. La motivación se arraiga en la intención personal de hacer el bien –o creer que se lo está haciendo – más allá de los resultados que esto tenga”, dice Dinwiddie.
Hasta el marketing obtiene ventajas con el fuerte motivo vigente del cowboy: la campaña del “hombre Marlboro” –solo y rodeado de la naturaleza- estuvo vigente en Estados Unidos durante 45 años. Es que, desde el lenguaje, las campañas políticas, las producciones cinematográficas y los estilos de vida, los gauchos y cowboys- con retoques y reinvenciones- participan todavía en el escenario social.

Por Florencia Arbiser
LA NACION


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