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Argentina, 03 de Noviembre del 2015  

"EL LIBRO LE√ćDO PARA UD."  
Del libro ENTRE LOS GAUCHOS de Hugo Blackhouse
Tiempo de lectura: | 600 lecturas.
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Los cazadores de Cóndores

A principios de la primavera, cuando comienzan a aparecer los ternerillos nuevos, se requiere en ocasiones una vigilancia extremada para evitar que el √≠ndice de mortalidad en ellos sea desastroso; porque el c√≥ndor, fam√©lico y esquel√©tico, desciende de las rocas peladas de la cumbre de los Andes a grandes distancias para cebarse en los terneros reci√©n nacidos en aquellas herbosas colinas. Dir√© aqu√≠ algo de los c√≥ndores, pues son pocos los hombres que han vivido entre ellos y conocen el da√Īo que son capaces de ocasionar. La Sierra de C√≥rdoba se extiende paralela a la de los Andes, y entre ambas Cordilleras esta la Sierra de San Luis, donde los pastos escasean. Por consiguiente, los c√≥ndores, que tienen sus nidos en las altas cumbres Andinas, dejan sus monta√Īas nativas peri√≥dicamente, sobre todo al comenzar la primavera (tal vez por no abundar all√≠ el alimento), y cruzan por encima de la Sierra de San Luis hasta la de C√≥rdoba, donde encuentran provisiones sobradas. Algunos anidan all√≠, en los puntos m√°s elevados, a unos 2000 metros y pico, pero esto no es corriente.

Los perjuicios que causan son a veces catastroficos para el modesto serrano, que solo posee unas cuantas cabezas de ganado vacuno y lanar. Los terneros constituyen el bocado predilecto del cóndor, y, como explicare luego, la casualidad me ha permitido presenciar como se apodera de su víctima.

Cuando sal√≠a a caballo en busca de esas gigantescas aves de rapi√Īa, ten√≠a la costumbre de llevar mis binoculares, pues el c√≥ndor es sumamente asustadizo y solo a duras penas es posible aproximarse a √©l sin ocultarse. Una ma√Īana, iba yo cabalgando y divise, desde lo alto de un cerro, un c√≥ndor que suspend√≠a volando hacia un valle en donde pastaban algunas reces vacunas; como estaba muy lejos, no advirti√≥ mi presencia; saque los anteojos, enfoque al rapas volador y observe lo que hac√≠a.

Describiendo círculos en el aire, escogió un ternero solitario que pacía algo apartado del resto del hato, se caló en derechura sobre la cabeza del animal y le vació los ojos con sus garras; después revoloteo entorno a su presa.

El pobre ternero escapo aterrorizado, mugiendo de dolor y ense√Īando la lengua, como es habitual en estos animales cuando mugen. El c√≥ndor se abati√≥ de nuevo sobre su v√≠ctima, y en un instante le arranco la lengua, que es para ellos lo m√°s gustoso de todo. 20 minutos despu√©s, cuando llegue al valle, enlace al mutilado animal y lo examine. Se hallaba en un estado lamentable, no ten√≠a remedio, y hube de matarlo para que no sufriera m√°s.

Esas enormes aves de rapi√Īa miden a veces m√°s de 3 metros entre las puntas de las alas extendidas y pueden remontarse con una oveja o cabra serrana tan f√°cilmente como uno se quita el sombrero. Los machos tienen un collar√≠n de plumas blancas rizadas en la parte m√°s alta del cuello, y la cabeza, pelada como la de una tortuga curiosa. Su plumaje negruzco muestra algunas veces rayas blancas; el pico es peque√Īo y curvo y sus feroces ojos completan la horrible figura. Las hembras son de color algo mas gris√°ceo, mucho m√°s peque√Īas, y no tienen collar.

Hace a√Īos las plumas eran bastante solicitadas desde Francia; sol√≠amos arrancar la piel y venderla con las plumas al peletero local por unos $22.

Expuestos ya los precedentes por menores sobre el aspecto y la costumbre del c√≥ndor, proseguir√© con la rese√Īa de c√≥mo intentamos acabar con esta plaga. Reun√≠ a todos los hombres que pude y, despu√©s de comer frugalmente a medio d√≠a, montamos en los caballos y trepamos hasta la altura de mi campo. Elegimos un lugar algo m√°s bajo de la cima, cerca de un escondite alejado, y comenzamos a levantar una tapia de piedra de 6 palmos de altura y 5 metros de di√°metro, m√°s o menos, tarea que nos tuvo ocupados varias horas. Entre tanto, hab√≠a encomendado a una pareja de peones que trajesen unos de los terneros muertos, lo desollaran y lo dejasen en el centro del improvisado corral que no ten√≠a salida. Luego apartamos los caballos a bastante distancia y tres de nosotros nos ocultamos en el sitio prefijado, en tanto que los dem√°s reanudaron sus tareas habituales.

Abr√≠an pasado unas dos horas sin la menor se√Īal de los c√≥ndores, y en todo aquel rato estuvimos sin movernos y hacernos el menor ruido.

Finalmente, percibimos una especie de chasquido por encima de nosotros y vimos descender un c√≥ndor que se poso en lo alto de la tapia. Al poco rato se le unieron otros dos, que se engarbaron a su lado, y unos cinco minutos despu√©s el primer c√≥ndor salto sobre el animal muerto y empez√≥ a desgarrar su carne; los otros le imitaron enseguida. Solo o√≠amos de vez en cuando alg√ļn aleteo y el sonido gutural que emiten esas aves cuando est√°n devorando su presa.

Los dejamos zacearse por espacio de tres cuartos de hora, y al irse ocultando el sol nos preparamos para el √ļltimo acto. Con los rebenques al rev√©s la azotera arrollada en la mano y empu√Īando el pesado mango, permanecimos agazapados en espera de que yo diese la se√Īal para precipitarnos en el corral.

Un c√≥ndor, sobre todo si ha engullido mucho, necesita amplio espacio para despegar, como un avi√≥n antes de elevarse. Al dar la se√Īal, salvamos a la carrera la escasa distancia que nos separaba del corral y saltamos la tapia. Los c√≥ndores se asustaron intentaron volar, pero como no hab√≠a bastante sitio para ello, no tardamos en aturdirlos d√°ndole golpes en la cabeza, y regresamos a casa donde nos esperaba una cena bien ganada.

Aquel mismo d√≠a, mi chasque (mensajero) a quien hab√≠a enviado a recoger el correo a un pueblito de la ladera, situado a unos 10 km del campo y donde el tendero atend√≠a la estafeta, hablo a este de nuestro sin sabores a causa de los c√≥ndores, y un criollo de bastante edad que estaba en la tienda escucho la conversaci√≥n. Cuando volv√≠a a casa aquel hombre moreno y enjuto, muy vigoroso y √°gil estaba esper√°ndome; se llamaba Ger√≥nimo. Al preguntarle el motivo de su visita, me pidi√≥ que le dejara cazar algunos c√≥ndores vivos, pues le hab√≠an encargado por un forastero de Buenos Aires. Consent√≠ en ello y le dije que le ayudar√≠a lo mejor que pudiese. Inquiri√≥ si ten√≠amos alg√ļn caballo viejo destinado al sacrificio, como ocurre a menudo en toda estancia algo grande, bien por la edad o por herida incurable. Promet√≠ entregarle uno al d√≠a siguiente, y se retiro para volver por la ma√Īana. Entre dos luces mande a traer el caballo viejo, y Ger√≥nimo lo encontr√≥ dispuesto cuando llego.

El cazador de cóndores se lo llevo hacia las cumbres. Allí escogió un sitio favorable, despeno al animal y lo desoyó. A continuación extendió la piel cerca del cuerpo y, con un saco grande de que iba provisto se deslizo a rastras debajo de aquella.

Tuvo que aguardar horas enteras antes de que acudiesen los c√≥ndores. Tendido bajo el cuero sin moverse dejo que las aves se hartaran durante un cuarto de hora o algo mas; despu√©s, saco la mano lentamente hasta que tropez√≥ con la pata de una de ellas, la agarro, y, arrojando la piel a un lado abri√≥ con ma√Īa la boca del saco, que hab√≠a mantenido en la mano izquierda, y se lo calo al c√≥ndor hasta abajo. Sigui√≥ un furioso forcejeo pues todos los individuos del grupo de las √°guilas sienten verdadero p√°nico cuando le sujetan las garras o las patas. Ger√≥nimo, que lo sab√≠a, se aprovecho del desconcierto del avechucho, y en un momento logro tenerlo bien sujeto dentro del saco. Se necesita intrepidez y paciencia para semejante maniobra, pues es f√°cil salir del trance mal herido si no se agarra bien la pata del c√≥ndor.

Por la tarde Gerónimo salió de nuevo y tuvo igual suerte, con lo que pudo satisfacer aquella misma noche al visitante de su patrón.

Continuamos cazando c√≥ndores unos d√≠as m√°s y logramos matar algunos. Aquello termino con la mortandad de los terneros, y hasta el a√Īo siguiente no hubo que lamentar da√Īos lamentables a causa de esa plaga voladora.

Pero temo que la narraci√≥n de nuestros √©xitos haga pensar a mis lectores que la caza del c√≥ndor es cosa relativamente f√°cil. He conocido a un hombre que durante 10 a√Īos estuvo subiendo a las colinas en sus vacaciones con el intento de capturar un c√≥ndor muerto o vivo y nunca lo pudo conseguir. A√ļn nosotros, que viv√≠amos en aquel terreno y conoc√≠amos sus costumbres qued√°bamos chasqueados con gran frecuencia.

Se han divulgado muchos relatos a prop√≥sito de ni√Īos arrebatados por esos pajarracos, pero con toda mi experiencia, nunca he sabido de un solo caso autentico. En primer lugar, el c√≥ndor no se acerca a una distancia de kil√≥metros de donde habiten personas; naturalmente si un ni√Īo se encuentra en las cumbres o en una hondonada solitaria, corriendo desnudo de un lado a otro, es posible que lo ataque un c√≥ndor, pues, a diferencia de sus afines del grupo de buitres, le gusta la carne fresca; por eso acostumbr√°bamos desollar el cebo cuando quer√≠amos cazarlos; el cuerpo blanco y rojo los atra√≠a, mientras que un animal muerto de tiempo no les llamaba la atenci√≥n. Se explica pues que ataquen a un peque√Īuelo desnudo si este se acerca a sus dominios; pero como los padres no suelen dejar a sus hijos desnudos lejos de su casa, lo que se dice es demasiado fant√°stico para darle cr√©dito.

Mereces se√Īalarse que se han visto c√≥ndores volando a siete mil metros de altura, aunque solo anidan entre los dos mil y dos mil quinientos metros. En febrero o marzo ponen dos huevos de 7 a 10 cm de longitud, y sus nidos consisten simplemente en varios palitos arrimados; los huevos tardan unas seis semanas en empollar. Las cr√≠as del c√≥ndor tienen plum√≥n blanco, y lo conservan durante un a√Īo entero, casi hasta terminar su crecimiento. Es pr√°cticamente imposible llegar a sus nidos, no solo por estar a tantos metros de altura, sino tambi√©n porque el c√≥ndor elige para ello puntos inaccesibles de la ladera. Estas voraces aves son muy airosas en vuelo; al levantarse, despu√©s de correr unos 20 metros, emplean las alas, pero, apenas despu√©s alcanzan altura, se deslizan sin moverlas, y a veces transcurre as√≠ media hora seguida.

Un amigo m√≠o ten√≠a un c√≥ndor manso, muy manso, que solo mostraba inter√©s por quien le diese un trozo de carne fresca. No le gustaba nada seco o guisado; si no le ofrec√≠an alimento fresco, permanec√≠a en su percha todo el d√≠a sin moverse. Los criollos vecinos m√≠os sol√≠an decir que los c√≥ndores llegaban a vivir lo menos cien a√Īos.

Creo haber logrado dar una idea del car√°cter y las costumbres del p√°jaro volador m√°s grande del mundo. Para terminar a√Īadir√© que, aun cuando es cruel, como todos los individuos de la familia de los buitres, no esta tan envilecido como sus afines. Despu√©s de haberlo visto y observado tanto tiempo como yo, hay que reconocer que parece un rey entre las aves, casi majestuoso por su porte; sin embargo, para nosotros constitu√≠a un verdadero fastidio, y nos ocasionaba muchos quebraderos de cabeza.


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