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Argentina, 08 de Noviembre del 2016  

"ENTRE LOS GAUCHOS" 
Curaciones en las sierras de Córdoba Por: Hugo Backhouse
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Habiéndome criado en las pampas, donde los curanderos criollos son más frecuentes, me tomé muchas molestias por averiguar algunas de las curas más útiles. A veces era muy difícil persuadir a aquella gente a que descubrieran sus secretos transmitidos de padres a hijos. Entre los naturales del país imperan la superstición y la fe, y muchas de sus curas son enteramente de carácter místico e inexplicable.

Pongamos por ejemplo el “curar de palabra”, cuyo misterio, imposible de descubrir, solo poseen contadas personas. Una vez vi suceder algo increíble. Estaba pasando la noche con mi amigo David Miles, que poseía un rancho muy bonito en la llanura. Sus extensos sembrados de maíz estaban a punto de madurar, pero, aunque las mazorcas parecían abundantes y cargadas, las habían atacado los gusanos, y la cosecha no prometía nada bueno. Esa plaga es frecuente, sobre todo en el maíz tardío o cuarentín, que se siembra después de recoger el trigo; las larvas abren surcos en los granos que cubren el marlo, tiernos y lechosos aún, y terminan comiéndose las barbas de la punta. Entonces la espiga no madura, sino que se pudre.

David estaba desconsolado, pues aquello significaba perder la cosecha. La misma tarde de mi llegada, pasó por allí un criollo viejo montado en un mancarrón bastante flaco, y pidió permiso para pernoctar. Se lo dieron, y después de dejar a su rocín pastando en el prado, se acercó al capataz y le dijo: “Al pasar he visto que el patrón tiene gusanos en el maíz. Si me paga 50 pesos, le dejaré las mazorcas limpias”.

El capataz informó a David, que era también casi criollo, por descender de madre argentina, y albergaba en su interior algunas de las tendencias supersticiosas de los naturales. Mi amigo fue a preguntar al curandero.

“No iba a perder más que 50 pesos –me dijo más tarde- y lo ganaría todo si me salvaba la cosecha”.

Bien, pues, créase o no, cuando fuimos a ver el maíz a la mañana siguiente, no encontramos la menor señal de gusanos; es inexplicable, pero absolutamente cierto.

He visto curar de palabra un dolor de muelas y hallar por el mismo método algo extraviado. Se trataba de un anillo de oro perdido en un campo de diez hectáreas; el hombre murmuró algunas palabras vagas, luego avanzó en derechura a un sitio, se agachó, y recogió el anillo buscado. No podía pensarse que lo hubiera visto, pues jamás había puesto allí los pies anteriormente.

Unas tijeras debajo de la almohada de una madre expectante facilitan el parto según tales supersticiones. También era curiosa, aunque nada tiene que ver con curaciones, la habilidad de cierto gaucho a quien conocí, para decir los años que tenía un caballo. Le cortaba una de las cerdas de las crines, ataba una monedita de plata en un extremo y suspendía el pelo a media altura sobre un vaso medio lleno de agua, al modo de esos zahoríes que llevan una horquilla de sauce entre los dedos, para indicar con ella una fuente subterránea, como si emplearan un imán. Pero en este caso el pelo con su lastre, después de una pausa, empezó a oscilar cada vez más intensamente, hasta que la monedita golpeaba las paredes del vaso. Los golpes percibidos indicaban el número de los años del caballo, y luego la cerda se iba quedando quieta. En aquella ocasión eran doce años; el hombre no había visto nunca al caballo hasta entonces y, en todo caso, es difícil precisar la edad de un caballo de más de nueve años.

Otras curaciones más comprensibles merecen mencionarse porque revelan sentido común en quienes las idearon, aunque el curandero que hereda las fórmulas no piensa en el motivo de sus efectos. Por ejemplo: si un caballo se corta en verano, cuando abundan las moscas, éstas ponen huevos en la herida abierta, que se infecta; se busca una rana, se le ata un trozo de bramante a una pata y se la deja colgando del cuello del animal. El caballo queda en libertad de correr de un lado a otro, sin peligro de que las moscas acudan a la herida reciente. Al cabo de ocho o diez días puede comprobarse que la herida está casi seca, y la rana podrida de gusanos: como distrae la atención de las moscas, por estar muerta y edionda, los insectos acuden a ella mejor que a la herida.

El estómago del avestruz, secado al sol y bien molido, forma parte del estuche o botiquín del curandero y se emplea para desarreglos gástricos: una cucharada tetera del polvo en una taza de agua hirviendo es la dosis corriente.

La iguana, especie de lagarto grande, proporciona un remedio favorito contra el reumatismo: se extrae el hueso de la cola, dejando intacta la piel, y se corta en anillos ajustados al grosor del dedo, donde se llevan durante la cura; la grasa del abdomen se conserva y con ella se friccionan las partes doloridas dos veces al día. Para esta misma afección toman generalmente en el campo una tisana de equiseto o cola de caballo, dos veces al día; en caso de dislocaciones o heridas profundas en los huesos, hierven un poco de esta planta en un cubo de agua, sumergen en esta la parte lesionada, por espacio de cuarenta minutos, y luego la cubren con un lienzo que contiene la hierba así cocida.

A menudo, cuando nos sentamos en las rocas, palpamos o vemos una especie de revestimiento vegetal seco, que es la famosa barba de piedra, de la familia de los líquenes; se usa también contra desarreglos de estómago, hervida a fuego lento durante tres cuartos de hora, para tomar como tisana dos veces al día.

En el monte hay muchas espinas venenosas que perforan hasta los calzones de cuero de quienes se internan en el monte persiguiendo ganado. De vez en cuando nos las clavábamos y en cierta ocasión pasé gran apuro por haberme pinchado justamente debajo de la rodilla, lo que me ocasionó intensos dolores, además de un color sospechoso en la piel. Una vieja que atendía la cocina de la peonada notó que algo me ocurría y me preguntó.

“Yo le curaré”, aseguró al enterarse, y desapareció por la puerta del patio, donde había muchas gallinas. A los pocos minutos volvió y me pidió que descubriera la rodilla; luego con un papel de fumar que tenía algo en el centro, tapó el sitio del pinchazo y ató alrededor un pañuelo. Al preguntarle qué remedio era aquel, respondió simplemente: “gallinaza, señor”.

A los tres días estaba curada mi pierna. Todo estiércol calma algo la irritación, unos más que otros, y el de gallina es el más enérgico.

Una de las supersticiones más difundidas es la de la picadura de tarántula o araña gigante. Se supone que la persona picada experimenta espasmos y solo puede curarse si alguien toca una guitarra con el cascabel de un crótalo dentro.

A propósito de serpientes, lo que nunca hará un criollo es llevar un tirador hecho de su piel. A su juicio, los desarreglos de estómago, el reumatismo y otras dolencias por el estilo, obedecen a eso; una piel de serpiente curtida en casa o que no haya pasado por la curtiembre, absorbe toda la humedad alrededor de la cintura. Sin duda tienen razón en este caso los criollos.

*ENTRE LOS GAUCHOS:Libro costumbrista de la provincia de Córdoba, publicado hacia 1930, por el escritor y estanciero inglés Hugo Backhouse


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