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Argentina, 14 de Mayo del 2007  

El Gaucho: Sus Usos y Costumbres - 1º Parte 
Vistos por el Naturalista Alcide D’Orbigny (Extractado de la obra VIAJE POR AMÉRICA MERIDIONAL – 1826 a 1833) compilación de Antonio Beorchia Nigris
Tiempo de lectura: 4' 40" | 10593 lecturas.
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El Gaucho

La valentía de los patriotas gauchos durante la guerra contra el Brasil
El coraje de los soldados patriotas o gauchos, llevado a menudo hasta la temeridad, contrasta del modo más chocante con la pusilanimidad de los brasileños. Con frecuencia un gaucho se apoderaba de noche, e incluso de día, de un centinela avanzado, que enlazaba al pasar galopando a su lado, sin que éste atinara a defenderse. Otra vez un gaucho se llegaba al centinela de la línea interior, a pedirle fuego para prender el cigarro. No concluiría jamás si quisiera enumerar todas las jugadas que los patriotas hacían a los brasileños... (Tomo 1º, pag. 64)

El uniforme de los soldados
La vestimenta de los soldados gauchos consiste en un calzón blanco o calzoncillo, un chiripá, de color azul o rojo escarlata, pieza de tela que les envuelve la cintura y las piernas; un poncho azul orlado de rojo que pliegan sobre sus hombros, lo que presenta un contraste de colores bastante subido. Por calzado gastan botas de potro, es decir botas hechas con cuero pelado, sin curtir, de la pata de un caballo, y cuyo codo forma el talón. Se tocan con un sombrerito en forma de pan de azúcar, cubierto casi siempre por un pañuelo de color, atado a la cabeza, de manera que flote sobre sus hombros y los refresque mientras galopan. Como armas tienen un sable, una carabina y a veces pistolas; pero todos están provistos del terrible lazo... así como de las peligrosas bolas. No existe algo más elegante que un gaucho al galope, alzado el poncho, con la tercerola apoyada en el muslo y en actitud oblicua. (Tomo 1º, pag 79)

El vestido de los hombres en Corrientes
El vestido de los hombres es bastante sencillo. Aquellos que han estado en Buenos Aires adoptan los trajes europeos y particularmente las modas francesas. Llevan por encima la capa, cuando hace frío, o bien el poncho, cuyo origen es americano. El de Corrientes es una pieza de género de alrededor de siete pies de largo por cuatro de ancho, con una abertura longitudinal en el medio, para pasar la cabeza. El vestido de los habitantes de la campaña o de quienes no son caballeros, aunque sean tan nobles como los caballeros mismos, se compone: 1º, de una camisa de tela de algodón del país, adornada de una puntilla calada alrededor de una pechera de tul de algodón, igualmente fabricada en el país. El cuello y los puños de las mangas están también cubiertos de puntos calados y puntillas. Más puntillas hay y más la camisa vale. Algunas de ellas se vendes hasta a ochenta y cinco francos o una onza de oro (28 a 30 gramos de oro). 2º: de un calzón tejido igualmente en el país y llevando, en la parte inferior de las piernas, en vez de adornos, calzoncillos de Buenos Aires ornados con puntos semejantes a los de la camisa. 3º: de un chiripá o banda de tejido de lana generalmente roja, amarilla o blanca, que se enrolla alrededor de la cintura, de manera de formar una especie de falda que se sostiene por medio de una fajilla de lana de algodón tejida por las mujeres y, por lo general, roja, amarilla, o blanca. Es de destacar que esta pieza del vestido solo desciende hasta las rodillas; mientras que el chiripá de la Banda Oriental y de Buenos Aires desciende hasta los pies, lo que le resta toda la gracia que tiene cuando es corto. 4º: de una chaqueta de paño, generalmente azul, muy corta, chaqueta que muchos hombres de la campaña usan solamente los domingos. Los días de la semana no tienen más que su camisa y los he visto a menudo, en los caminos, llevando solamente el calzoncillo y el chiripá, andando con las espaldas desnudas al pleno rayo de sol. Se cubren la cabeza con un sombrero de fieltro de lana, negro. Cada hombre posee además su poncho, que lo usa como capa. Cuando va a pie se lo envuelve alrededor del cuerpo, a manera de los antiguos, para defenderse del frío y de la lluvia; y cuando el tiempo es bueno, se lo hecha a la espalda. Cuando anda a caballo, en el primer caso pasa la cabeza por el agujero y el poncho lo cubre por delante y por detrás, como una casulla; en el segundo se lo enrolla alrededor de la cintura. El poncho es, en todo tiempo, la manta de noche. En el campo hombres y mujeres van con los pies desnudos, con muy pocas excepciones. En la ciudad sucede, por así decirlo, lo mismo: todas las personas que no ocupan un rango en la sociedad van con los pies desnudos. Hace muy poco tiempo que se usa calzado. Comienza sin embargo a generalizarse su uso, pero no es raro ver a una mujer bastante bien vestida no llevarlo. Los hombres dejan, por lo general, crecer sus cabellos y hacen con ellos una trenza que le cae sobre los hombros. Las mujeres se los unen en un rodete que atan con una cintilla de color carmesí.

El vestido de las mujeres
Las mujeres de la clase más elevada siguen las modas de Buenos Aires, las cuales, salvo en el peinado, son las mismas que en Europa, pero que llegan un poco tarde en Corrientes. El vestido de las mujeres del pueblo consiste en una camisa, unas enaguas y una manta. El blanco es el color de moda. Las camisas son de una tela de algodón que tejen ellas mismas; el cuello está cortado en cuadrado, como en el traje de las vírgenes de la escuela italiana. Está ordinariamente adornado de una puntilla calada hecha con aguja y que se admiraría hasta en nuestras ciudades; o de seda negra o azul de dos o tres dedos de ancho. Esta camisa se ata al medio del cuerpo por medio de un cinturón llamado cacuaha; la falda, llamada naguas-cua o saicua, es el mismo tejido que la camisa, terminado en puntilla calada, muy ancha, que por lo general lleva arriba otra, semejante a la de la camisa. Desde hace algún tiempo esas faldas, muy costosas a causa del trabajo que exigen, son reemplazadas por faldillas de muselina inglesa, adornadas con un bordado verde o rojo. Esta falda nunca es larga, cae solamente hasta la mitad de la pierna. La manta o paño, de cinco a seis pies de largo por un pie y medio de ancho y hecha del mismo tejido, está más o menos cargada de puntillas en ambas extremidades, de acuerdo a la riqueza de la persona que la usa. Algunas mujeres llevan hasta un pie y medio de bordado calado de cada lado. Por lo general esa manta cubre la cabeza y se cruza sobre el pecho como el velo de las españolas; otras veces cae a derecha e izquierda sobre las espaldas. Cualquiera sea la manera en que se lo disponga, es un vestido pleno de gracia y la joven que lo lleva sabe sacarle partido con coquetería. Sería difícil dar una idea de lo que hay de picante en la sencillez y en la ligereza de las enagüitas cortas, la camisa bordada y la manta, todas de deslumbrante blanco, sobre una muchacha lúcida, alta, bien formada, por lo general de facciones regulares... Todo, hasta su piel morena, contrasta y agrada. (Vol. 1º, pag. 424-425)

Todos son buenos jinetes
En general todos los argentinos son buenos jinetes. La costumbre los hace diestros al punto de recoger del suelo una moneda, a todo galope; saben asimismo ocultarse sobre el flanco de sus cabalgaduras, de tal forma que a menudo, en lugar de un regimiento de caballería, solo se ve una tropa de caballos; táctica que les permitió asegurarse la ventaja en las numerosas escaramuzas producidas durante las guerras de la Banda Oriental. (Tomo 1º, pag. 86)

Destrezas con el lazo y las boleadoras
Apenas los cazadores descubren de lejos un caimán en una playa, desenrollan su lazo, esa larga correa de cuero que ya he descrito, lo levantan sobre su cabeza y, haciéndolo girar lanzan sus cabalgaduras a todo galope y sin dejar de correr a rienda suelta echan el lazo en torno al cuello del caimán, antes que haya tenido tiempo de sumergirse; sin detenerse lo arrastran tras el caballo hasta el lugar de su destino. ¡Cuantas veces admiré la destreza de esos Franconi del nuevo mundo! (Vol. 1º, pag. 142) El cazador se arma con dos o tres bolas de plomo o piedra, atadas al extremo de otras tantas correas que se unen a un centro común, formando brazos de igual longitud. Cuando percibe la pieza, lanza su cabalgadura al galope, sosteniendo una de las bolas en la mano derecha, , mientras hace remolinear la otra por encima de su cabeza. Cuando se considera a tiro las lanza al animal, al que generalmente dan alcance silbando por el aire; y por poco que le peguen en las patas, el animal está perdido, porque se le enredan, lo hacen caer y el cazador lo captura vivo. (Vol. 1º, pag. 149)

El cuchillo
Se pusieron a asar algunos trozos de carne y cuando la llama los había medio carbonizado, se levantó el asador y los grupos se ubicaron alrededor. Se sentaron en tierra con las piernas cruzadas, como los orientales; cada uno armado de un cuchillo, cortó como quiso; una vez que terminó la comida, se zamparon una gran olla de agua. Los habitantes del país solo beben por lo general después de haber comido. La carne se asa y casi nunca se sazona con sal; normalmente es el único alimento del viaje. El cuchillo es un instrumento indispensable para quienes recorren el interior del país y las genes del campo se burlan de los extranjeros que se olvidan de llevarlo; dice un proverbio: el que no tiene cuchillo no come. Una vez terminada la comida, cada uno busca la sombra de las carretas y tendiendo las diversas piezas de su recado, hace la siesta hasta las tres o cuatro de la tarde; entonces se uncen los bueyes, después de haber tomado siempre el mate, cosa que es de rigor. (Vol. 2º, pag. 68)

La doma
La manera de domesticar los caballos en las provincias del Plata en nada se parece a la empleada en Europa. El gran número de esos animales y la vasta extensión de los campos de pastoreo hacen que su valor sea muy módico, que su multiplicación y cría se abandonen a la naturaleza, que sus dueños, los mejores jinetes del mundo, los domen muy fácilmente y sin muchas precauciones, de manera que un caballo muy dócil para ellos, sería un bucéfalo para un europeo. ........................... Los caballos son castrados temprano y poco se emplean los que no lo son; se los doma por lo general a la edad de dos o tres años. Para esta operación, después de enlazar el animal se le pone el bozal, al que está unida una larga y fuerte correa trenzada, que el jinete tiene continuamente en la mano y que le sirve para retener el caballo mientras lo ensilla, o para el caso de una caída, y para hacerlo dar vuelta a su voluntad; luego le pone las maneas para impedir sus movimientos y ensillarlo más fácilmente: última operación que exige mucha paciencia y precauciones de parte del domador, tanto para evitar los coces, como para no espantarlo al colocarle las diversas piezas del recado. Una vez ensillado, el jinete se dispone a montarlo, teniendo con la mano izquierda el cabestro y la crin y dando algunos golpes con la derecha sobre la montura para disponerlo a recibirlo. Muy a menudo es ayudado por un camarada, que se agarra fuertemente a la oreja izquierda del caballo. Éste comienza a revolverse, para evitar el jinete, que sigue con ligereza sus movimientos y eligiendo el momento favorable, salta encima con una rapidez y un aplomo asombrosos. Apenas el caballo siente el peso de su amo, se pone a cocear, a saltar, a hacer cabriolas y busca por todos los medios desembarazarse de una carga tan nueva para él; mientras que el jinete, cerrando con fuerza los muslos y las piernas, fija los dardos de las espuelas en la carona y resiste todos los corcovos, atento solamente a evitar una caída del animal si se aturde, lo que es muy común y muy peligroso, sobre todo cuando se arroja hacia un lado, lo que los habitantes llaman bolearse. El animal, cansado de la inutilidad de sus esfuerzos, comienza finalmente a soportar el peso del jinete, que, a espolazos, lo obliga a partir, secundado por otro jinete, el cual marcha detrás del domador sobre un caballo manso, y lo ayuda con fuertes rebencazos a hacer galopar su cabalgadura. El caballo furioso solo se lanza a los saltos, mezclando su carrera con brincos y coces; cuando ha galopado bien, se lo hace parar, y por medio de la cabezada, se le enseña a obedecer la mano y a girar hacia la derecha y la izquierda, rompiéndole el pescuezo, por así decirlo, y llevándole la boca hasta el arzón. El domador no desmonta hasta que ambos están bañados de sudor y rendidos de fatiga.... En pocos días, extenuado, mal alimentado, (el caballo) se entrega, pero más por agotamiento y hambre que por arte. Reducido a ese estado, no es todavía considerado enteramente manso, sino redomón, es decir medio domado... (Vol. 2º, pag. 75-76)

Semblanza del gaucho Juan Manuel de Rosas, en 1828
Don Juan Manuel de Rosas, famoso en toda la república Argentina por la influencia que ejerce sobre la población de los campos, y por la parte activa que ha desempeñado en las discordias civiles, es un propietario muy rico que administra por sí mismo no solo sus propias estancias, sino también las de muchos ciudadanos opulentos: está así a la cabeza de trescientos o cuatrocientos hombres que le son devotos por completo y no necesita otra cosa para trastornar la república; pero tal fuerza es mucho menos peligrosa que el extraordinario ascendiente que ha adquirido sobre los gauchos, ascendiente debido a la influencia de los establecimientos que dirige, pero sobre todo a un sistema de conducta muy bien calculado y a la debilidad de los sucesivos gobiernos, que buscaron el apoyo de su autoridad, en vez de reprimirla desde su nacimiento. No le falta a Rosas cierta educación: escribe con facilidad; está dotado, como la mayoría de los criollos, de gran penetración. Arrastrado por gusto y por cálculo, a la vida de las ocupaciones rurales, hizo de estas últimas un estudio especial, llegando a ser famoso entre los gauchos, por su habilidad para montar a caballo, la intrepidez con que se entrega a todos los ejercicios peligrosos que hacen su gloria y le aseguran la superioridad: siempre vestido con el traje nacional, se alimenta como sus peones, los acompaña de continuo y participa a menudo de sus trabajos; ha querido llevar una vida más dura que la que llevan esos pueblos, imponiéndose privaciones penosas y completamente gratuitas; así en sus viajes tiene la costumbre de no aceptar cama ni abrigo y se acuesta en el recado, junto al corral donde se encierran sus caballos. Es el primero en estar de pie y hace un mérito de desafiar el sueño, el hambre, el frío, la lluvia y los rayos solares. Los hombres sensatos se ríen de esa ostentación de falta de sensibilidad, pero la masa campesina, tomada por su lado flaco, admira y eleva a las nubes a su émulo y solo habla con entusiasmo de él. Por otra parte un carácter grandioso va unido a todas las empresas de Rosas: dotado de un notable espíritu de orden y de gran actividad, sus establecimientos están perfectamente administrados y pueden servir de modelos. Lo que hay sobre todo de loable en su explotación es que, no contento con los inmensos beneficios que le brindan sus rebaños, se entrega con pasión a la agricultura, sembrando por sí mismo casi tanto como todos los pobladores del sur reunidos y hace considerables plantaciones de árboles. Sus Estados, por lo demás (porque ese es el nombre que puede dársele a sus vastas posesiones), son el refugio de todos los malhechores, seguros de hallar protección eficaz y de escapar a toda persecución, con tal que acepten trabajar y se adapten a la severa disciplina a la cual el amo somete a todos sus servidores. Rosas los cuida con la mayor atención: les paga exactamente, vigila por sí mismo que estén bien alimentados, y aunque acuerda la impunidad a los crímenes cometidos fuera de sus propiedades, se muestra inexorable con los menores delitos que tienen a sus tierras como escenario, haciendo justicia en persona, aplicando castigos rigurosos, sin exceptuar, según dicen, la pena capital, y haciéndose temer de sus vecinos, que más de una vez han experimentado cuan peligroso resulta ofenderlo. (Vol. 2º, pag. 173-174)


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