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Argentina, 24 de Diciembre del 2007  

Tradiciones ¡Ahí vienen los gauchos! - 1º Parte 
Se estima que más de 160.000 argentinos hacen su trabajo a caballo, en el campo y, en lenguaje estricto, ellos deberían llamarse gauchos. Pero esa palabra vale también para nombrar a un arquetipo que -por fortuna- está vivo en nosotros.
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Después de más de un siglo de baraje inmigratorio, el arquetipo, el modelo original para el argentino sigue siendo el gaucho, así como la llanura es aún su paraíso perdido. Nadie entre nosotros necesitaría llamarse Borges para que los sueños le concedan incansables caballos y las pesadillas el compromiso del cuchillo. Ese puente invisible entre mito y realidad, entre pasado y futuro, quizás entre pertenencia y desarraigo, hace que la presencia de un compatriota vestido de gaucho despierte en el habitante de la ciudad una repentina marea de afecto. Es como una sensación tranquilizante de que el peligro pudo ser cierto, pero que, felizmente, el hermano está vivo, que no lo dejamos morir en el sueño ni en la historia.
Claro que, a veces, la cosa no es tan compleja. Por ejemplo, cuando cada año se congregan en la Rural peones, encargados y también patrones que tienen a honra vestir las pilchas tradicionales. Y hay oportunidades, como fue esta misma de la exposición del '89, en que el mito se vivifica, se enriquece, se carga de sentido. Porque la presencia de gauchos de veinticuatro orgullosos pagos -las veintidós provincias, la Tierra del Fuego y la Capital Federal- está más cercana a afirmación simbólica que a evocación nostálgica. Incita más a rescatar una visión de futuro que vistosidades del pasado. El lema de la convocatoria es claro: "Por la unión nacional y la afirmación del federalismo". El "paso de los gauchos" en la fiesta de inauguración, su perfecta formación en los actos del día siguiente y, en particular, en la Misa del Campo recibieron aplausos cargados de júbilo y de cariño. Pero también en los demás momentos de la Feria, en el tránsito por pabellones y calles interiores, los gauchos fueron para la enorme concurrencia una presencia amiga, fraterna, afirmativa de la idea de patria grande. La gente comprobó que, aparte de caballos y cuchillos, estos hombres tienen mucho en común, aunque no necesariamente sean del llano e infinidad de matices los diferencien entre sí.
El fotógrafo tiene oportunidad de documentar algunos de esos detalles sin mayor problema, pero el cronista conserva aprensiones de pueblero. Son más fáciles las entrevistas a quienes cabalgan "la comunicación" que a quienes montan caballos de pelajes a menudo indefinibles. Además, políticos y artistas, científicos e intelectuales, se allanan a un juego pavloviano ante el estimulo periodístico, tienen "discursos" más o menos previsibles. Pero estos jinetes, aun de pie, parecen conservar miradas que vienen como desde arriba. Son duchos en silencios de muchas leguas y cortesías acaso de varios siglos. Si no, recuérdese al gaucho de Ascasubi, que confesaba "hacerse el infeliz" pero sentirse capaz de "tragarse al convento entero". Era el mismo que contaba y siempre antes de largarse se divertían conmigo, a fuerza de preguntarme cómo trajinan los gauchos en el campo, y obligarme a desatar el recao para que les amostrase las colas, el lazo, el freno y en fin, todo el cangallaje.
La imponencia del mito también inhibe, porque el gaucho es para los argentinos un símbolo de libertad y de heroísmo. Acaso inspira el temor de todo lo venerable -una imagen para el hombre de fe, una obra de arte para el esteta- y en ese temor cabe el de descubrir nuestra propia pequeñez y opacidad. El gaucho es modelo de individualismo, aunque, paradójicamente, siempre estuvo dispuesto a patriadas de nación o de pago chico. Así es que el personaje ya aparece en los albores de nuestra literatura y nuestra música popular, en los del teatro y el cine nacionales. Desde el universalizado Fierro hasta el doméstico Hormiga Negra el gaucho atravesó todas las ficciones. Piénsese que el tango-canción nace de aquella Morocha que ofrece cimarrones al paisano y que ya antes, Moreira, en Chivilcoy, brotaba desde la pantomima para fundar, virtualmente, un teatro nacional. Como lo harían con la cinematografía Viento Norte, La guerra gaucha. Pampa bárbara. Hasta en la radio primitiva los apoyos fueron canción y teatro gauchos.

Juan José Güiraldes
Un cronista desinformado no solo corre el riesgo de la chambonada sino el de la ligereza y el de la obviedad. Para no caer en ellos el mejor reaseguro es el propio presidente de la Confederación Gaucha Argentina, comodoro Güiraldes. La cita con el fue concertada sin mayor tramite e incluso con ciertas referencias “de usanza”: “Como quien va a la sala de prensa, ahí no mas, en las casitas rosadas ¿se ubica?” Y no hubo problema para ser recibido a la hora exacta. Lo desconcertante fue que estuviera, en esa pequeña replica de una casa de su propia estancia, sentado tras un pequeño escritorio, como de juez de paz. Vestía, por supuesto, como gaucho, con un pañuelo colorado al cuello que resaltaba contra la negritud curial del paño del traje. Lo imprevisto era que lo requerían varias personas, entre ellas Jorge H. Montaña, su secretario. Tomaban rápidas, ejecutivas decisiones sobre transportes y diesel oil, caballos, cronogramas y otros emergentes de la organización. Ya toda la entrevista se signaría de intermitencia, a pura y buena voluntad de cumplir un compromiso mas, en medio de tantos otros. Al día siguiente era la inauguración y todavía faltaba el ensayo, en la pista central y con los gauchos.
El comodoro es un hombre enhiesto, de mirada firme y que tampoco por sus facciones denotaría haber pasado los setenta años. “Tengo siete hijos y veinticuatro nietos”, proclama como declarando una mano ganadora. El dinamismo de la imagen se afirma enseguida con una referencia casi aeronáutica: “Vivo en Areco, trabajo en Buenos Aires y duermo en Vicente López”. Es sabido que fue legislador y que dirigió Aerolíneas Argentinas, como también que suele ser anfitrión de presidentes que nos visitan y que incluso lo fue del rey de España, Juan Carlos I. "Y fui, muchos años, hombre de verde oliva, me formé en el Ejército", informa. Lo cual explica que, de tanto en tanto, asome, por detrás de su campechanía arequeña, algún arresto castrense.
Pero allí, y en esos momentos, lo que comanda pasionalmente el comodoro son gauchos. Y en un breve remanso de su ajetreo explica por qué: "Entre los valores que el gaucho donó a nuestra sociedad está antes que nada, el espíritu de libertad. El gaucho se quiso, más que libre, libérrimo, y por eso la Argentina es tierra de hombres libres. El gaucho jamás se sintió pisando el feudo de algún señor, no tuvo amos. Recuerde que en Europa, hasta el feudalismo, la patria del siervo se cifraba en la tierra del año. De la población argentina apenas si un diez por ciento proviene de lo que el Preámbulo llama 'nuestra posteridad'. Veinticuatro a veintisiete millones son, o vienen de ‘todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino’. Sin embargo, el paradigma del gaucho está libremente aceptado por la gran mayoría, porque se arraiga en tradiciones sólidas, ciertas, puras".
Ante la mención de cierto paralelismo con el cowboy y los norteamericanos, el entrevistado recuerda cierta confesión que le hizo un texano, el gobernador Connolly: "El cowboy no existe ya. Lo mató el rodeo". De donde el diálogo lleva a que, allá, la adulteración del personaje ha sido mayor, por¬que también lo fue, y en grado asombroso, su aprovechamiento en función económica e incluso política. Es ostensible que el comodoro tiene posiciones opuestas a las de un Bill Cody, porque su preocupación respecto del gaucho no es "lanzarlo" sino preservarlo. Acostumbrarnos a la identificación, al sentimiento general de pertenencia que alienta el "paso de los gauchos", pero no degradar a show. Hasta le incomoda la palabra “desfile". Señala: "Fíjese que no hay nada marcial, ni uniformes estrictos. Esto es algo que solamente respira en libertad. Es un símbolo que no se afirma por malicia ni encasillado en planes pedagógicos, sino por su simple presencia, viva y libre. Toda la gente que usted va a conocer no está en la Confederación 'para hacer pinta'. Es gaucha, pero también se ha elegido gaucha".
A esta altura, el entrevistado ya era casi sitiado por consultas y llamados relativos a la organización. La interrupción se hizo inevitable, pero no definitiva, de modo que prometió pronto regreso y, por las dudas, dejó la posta a un gaucho cetrino y amigable, de pilchas claras, elegantón sin esfuerzo. "Lo dejo en buenas manos, este Caballero le va a contar más."

Ignacio Xurxo
LA NACION


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